Para tratar de poner en la balanza la historia de vida de Zeferino Torreblanca Galindo, hay que empezar con que su propio padre, de nombre Luis Torreblanca, lo demandó penalmente; en este caso fue por un litigio por una propiedad pero el acto da cuenta de la clase de persona que puede ser alguien como el ex gobernador, alguien que llegó a tribunales con un familiar de primera línea, nada más y nada menos que su padre.
“Vileza” y “robo” son los calificativos de la mayoría de prensa que documentó el hecho hace diez años; incluso todavía están accesibles en la red social Youtube los videos, titulados Carta de Luis Torreblanca a su hijo Zeferino, donde el propio señor desmenuza el caso llevado a instancia civil que involucró incluso a todos los hijos –no sólo al ex mandatario-, se recalca que por un predio en Acapulco, puerto donde aún a la fecha se recuerdan los escándalos personales y familiares del originario de otro estado –Jalisco, en concreto-, un creado empresarial y políticamente en ese Acapulco que después gobernaría pero donde, a la par, se sabrían actos deleznables en los que incurría, como violencia intrafamiliar, o sobre su adicción al alcohol que lo convertían en otra persona; hay quienes recuerdan a aquel Zeferino Torreblanca de bigote tupido, con sobrepeso, hinchado del rostro por sus francachelas, de lengua viperina, escalando posiciones en cámaras y organismos empresariales del corredor de la Costera, después incrustándose en ese partido de ahora mala memoria, el de la Revolución Democrática, de donde brincó a la alcaldía y después a la gubernatura, para el sexenio 2005-2011.
¿Cómo olvidar el zócalo capitalino pletórico, con miles coreando “no nos falles”, ante el gobernador electo de la entidad, el primero de oposición partidista después de décadas de un priato prepotente, clasista y alejado de las causas del pueblo?, pero llegado el 2011, en medio de una impopularidad creciente –sobre todo en Chilpancingo, incluso en el puerto que gobernó un trienio-, el entonces perredista entregó el poder en medio de un ambiente enrarecido, de hartazgo, desaprobación, decepción social; desde aquella aventura sexenal, Zeferino Torreblanca ha sido un personaje obscuro, dado a la polémica innecesaria, sobre todo en periodos preelectorales como el actual; un gatopardo en lo público siempre ubicado ideológicamente en la derecha, por eso ha sido incapaz de entender los procesos político sociales actuales, tanto en el país desde el año 2018 como en Guerrero, desde el 2021, con la izquierda transformando de fondo, no de manera imparcial o fallida, como en ‘la izquierda’ que ejerció desde el poder gubernamental. Ahí están los registros, ahí está la historia, ahí está la percepción mayoritaria que dejó, y que no es para nada positiva.
Político golpeador –en el sentido también declarativo-, de lengua viperina, siempre urgido de reflectores en tiempos preelectorales, como los que ahora corren en este estado que gobernó de forma mediocre, tirándole a intrascendente, Zeferino Torreblanca se dio vuelo hablando –mal, como siempre, sin nada de autocrítica- del pasado y del presente, fomentando polarización y generando mucho odio, como fue desde su “época de esplendor” en Acapulco primero y después en la gubernatura de Guerrero, de donde salió por la puerta trasera, sin mayor mérito más que gobernar de diferente color partidista, para acabar igual o peor que sus antecesores. Como que no hay mucha calidad moral para hablar del presente.