Investigadora dice que se prevendrían daños a la salud
Ciudad de México, Noviembre 02´2026. Agencia Reforma.- El monitoreo de las emisiones de dióxido de azufre provenientes de refinerías y centrales termoeléctricas debe mejorarse para dimensionar su alcance, reducirlas y prevenir sus impactos en la salud, el medio ambiente y la actividad productiva, urgió Claudia Rivera Cárdenas, investigadora del Instituto de Ciencias de la Atmósfera y Cambio Climático (ICAyCC) de la UNAM.
Especialista en medición de gases en la atmósfera, Rivera ha utilizado equipo de espectroscopia de absorción óptica diferencial –que permite cuantificar la presencia de gases mediante su interacción con la luz–, en campañas de medición en Cadereyta, Tula y Dos Bocas.
Las mediciones estuvieron centradas precisamente en el dióxido de azufre.
En entrevista con Grupo REFORMA confirma que las refinerías y centrales termoeléctricas en México generan altas emisiones de ese gas y lo atribuye a la insuficiencia de las plantas desulfuradoras.
Y advierte que, dependiendo de las condiciones –dirección y velocidad– del viento, las emisiones pueden llegar a varios kilómetros de distancia desde esas instalaciones.
«En Tula se estuvieron manteniendo las emisiones hasta el año pasado, cuando empezó a trabajar la planta coquizadora. En las últimas mediciones que hicimos se veía un gran incremento de las emisiones de dióxido de azufre, mientras que las de dióxido de nitrógeno se mantuvieron estables», detalla.
«En las instalaciones de la planta coquizadora tienen un quemador muy grande y durante las campañas de medición que realizamos se emitía bastante dióxido de azufre», describió.
En el caso de Tula, explica, hay tres fuentes de emisiones: una central de ciclo combinado, una central térmica tradicional y la refinería.
«Las mediciones que nosotros hemos hecho incluyen las emisiones de las tres, porque están agrupadas físicamente y no es posible identificar cada una de las fuentes», apunta.
El efecto de los reclamos
En Cadereyta, indica la investigadora, los crecientes reclamos por la mala calidad del aire en la zona metropolitana de Monterrey parecen haber contribuido a una reducción, o por lo menos estabilización de las emisiones de dióxido de azufre.
«En Cadereyta, las primeras mediciones las hicimos en 2018. Ahí había emisiones muy, muy altas, mucho más altas que en Tula, pero hicimos nuevas mediciones en 2025-2026 y han decrecido bastante», apunta.
En tanto, señala, mediciones realizadas en Dos Bocas arrojaron emisiones similares a las de otras refinerías.
«Identificamos emisiones de dióxido de azufre. Muy probablemente no estaban funcionando las plantas desulfuradoras que deberían de tener», comenta.
También alerta que no es un problema exclusivo de las refinerías y que los impactos de los contaminantes alcanzan a la actividad productiva.
«La central termoeléctrica de Tuxpan, que también emite bastante dióxido de azufre. Tiene el océano al este y al oeste tiene la laguna de Tampamachoco donde los pescadores se quejan bastante de que ya no pueden capturar lo mismo. Los organismos ya no se desarrollan como antes. Obviamente, influyen ahí las emisiones a la atmósfera, porque lo que esté arriba tiene que caer con la lluvia», expone.
«Seguramente en algunos años, si no se toman acciones en Dos Bocas, las personas que pescan o que viven de esa actividad en Paraíso, Tabasco, y todas las áreas que tienen alrededor, se van a ver afectadas».
Y aunque hay bastante literatura que indica que una exposición muy alta o prolongada a este tipo de contaminantes puede causar afectaciones a la salud severas, advierte, no existe disponible información sobre las emisiones de las refinerías y los datos obtenidos por los sistemas de monitoreo de la calidad del aire son insuficientes.
«El Sinaica (Sistema Nacional de Información de la Calidad del Aire) tiene varias redes de monitoreo atmosférico a nivel de superficie, de lo que uno respira. Las mediciones que nosotros hacemos no solo son a nivel de superficie, son en toda la columna atmosférica, todo lo que hay como arriba de nosotros», explica.
«La pregunta es ¿por qué si existe la tecnología no se utiliza? Seguramente cuesta mucho pero ahí habría que incluir otros costos, como los sociales, los económicos o los ecológicos, que muchas veces no se toman en cuenta», planteó.