“¡Terminábamos bien encarbonadas”!, recuerda la nacida en la comunidad de Tenantla (municipio de Eduardo Neri) cuando, hace 40 años junto a dos pequeñas hijas, le empezaba en la elaboración y venta de picaditas y gorditas de manteca, entonces con una cubetita con masa, un comalito, anafre y carbón (por eso lo de “encarbonadas”), en este mismo lugar ya más ampliado afuera del panteón central o “viejo” de Chilpancingo, en calle Calzada del Ejército, ciudad a donde Paulita (como es mejor conocida) llegó hace 50 años con su hoy ex esposo campesino-productor de mezcal (con quien se casó de 14 años) y seis de sus, en total, ocho hijos. Comerciante de este giro alimenticio de segunda generación (dice que, antes de ella, hubo al menos tres señoras que hacían gorditas sobre todo por la alta afluencia en Días de Muertos, ya fallecidas o retiradas por edad), empezó vendiendo -afuera de la casa que rentaba- dulces, aguas frescas y frutas con chile enfrente de donde hoy se ubica; después, la venta –como hasta la fecha- de las gorditas de chicharrón, pollo, queso; picadas grandes y de tamaño normal; ensaladas y sus salsas muy gustadas, verde, roja y de jitomate; tacos dorados y quesadillas de pollo, salchicha, chorizo, champiñón y flor de calabaza, que primero fueron de cueritos, primer ‘experimento’ (que ni se había visto en Chilpancingo) luego de que Reyna, su hija que a la fecha le acompaña, vio que en Querétaro así se vendían en tipo huarache. “Con esto crie a mis hijos”, dice la mujer de 72 años, ahora con dos días sin instalarse a vender (lunes y jueves), quien reconoce que cuando no venga (lo que tiene en mente porque ya se cansa más, dice) “me voy a enfermar (…) ya me acostumbré… si dos días no vengo me siento que no quiero estar allá (en casa), quiero estar aquí. Como si fuera mi casa aquí ya”.
Pablo Israel Vázquez Sosa
Nacida el 9 de febrero de 1954 en la comunidad de Tenantla, municipio de Eduardo Neri (Zumpango del Río), la comerciante reconoce que ya ni recuerda cuántos años tiene radicando en Chilpancingo; acompañada, junto a dos mujeres ayudantes, de su hija Reyna, es ésta quien detalla que ya llevará unos 50 años su madre radicando permanentemente en la ciudad. Elaborando y
Vendiendo las gorditas de manteca, ya los 40 años.
Entre semana, mientras los compradores no dejaban de llegar de manera constante, a Paulita (como es mejor conocida) se le pregunta qué hizo que llegara a radicar a esta capital, “por mis niños, que estaban chiquitos y tenían que venir a la escuela aquí”, responde de inmediato, entonces con seis hijos.
Aunque en esos años, lo aclara, todavía iba y regresaba en transporte público todos los días de Tenantla, un lugar rumbo a la sierra, “un pueblito de casitas nada más, venían carros de allá para acá, pasaban autobuses”.
– Allá vivíamos, pero me quise venir para acá-, dice la entonces ama de casa, pero también campesina, sembradora de frijol y maíz, junto a su esposo en ese momento, don Tomás, “lo conocí trabajando, él trabajaba los magueyes, haciendo mezcal. Nos casamos, como de 14 (años), ya me había casado, como de 15 ya tenía un primer hijo”.
Primero dulces, agua fresca y fruta con chile
Paulita no estudió en su pueblo. Fue por un tiempo a la escuela, unos días a la semana, pero dice que dejó de ir porque un maestro enojón en un momento la empujó a una pared, causándole una herida en la frente, de la que sangró y de la que –dice-aún tiene la cicatriz. Se lo dijo a sus papás y éstos le dijeron que ya no fuera, “ya nunca fui a la escuela, mejor me dediqué a trabajar”.
– ¿Ya cocinaba?
– Sí, a lo mejor por eso empecé a hacer esto.
“Vi que sí la iba a hacer”, recuerda que pensó esta señora, “viví ahí, antes era una huerta ahí”, señala enfrente de donde tiene su establecimiento.
Como mucha gente en la ciudad lo sabrá, Paulita ha vendido sus gorditas de manteca, tacos dorados y quesadillas, además de dulces y aguas frescas, en la calle Calzada del Ejército; para mayor referencia, justo afuera del denominado panteón viejo de la también calle Morelos, en la capital. El lugar que señala es un gran predio donde ahora hay establecimientos comerciales.
Se le pregunta específicamente qué ahora sería y reconoce la señora que para detallar años no lo tiene muy seguro, pero Reyna le tantea y asegura que ella tendría unos 3, 4 años, cuando llegan a vivir a ese punto, por ahí de 1979.
“Llegamos en ceros porque no conocíamos a nadie”, dice la señora, reiterando que la motivación de llegar a radicar fue para que los hijos estudiaran, “empezamos a rentar por primera vez, nos rentaba una señora que se llamaba doña Beatriz”.
Mientras Tomás continuó su labor en la siembra de maíz y el corte del maguey, después en la producción de mezcal pero ya aquí, en una fábrica en las partes altas de Chilpancingo, Paula Rodríguez empezaba a vender primero dulces y aguas frescas, hasta fruta –como mangos- con chile, justo en la esquina de donde rentaba, es decir, casi enfrente de este lugar donde transcurra la plática.
– ¿Había otros vendedores de calle cuando usted se instaló?
– No, no había, ya después llegaron.
La entrevistada tuvo en total ocho hijos, iban a ser nueve pero uno, de nombre Heliodoro, falleció; llegarían después Alberto, Aure, Reyna, Saturnina, Leo, Alejandra, Francisco.
“No muy bien”, recuerda sobre cómo le fue entonces, en sus primeras semanas de venta, “era más chico el pueblo, la ciudad”. Detalla que no se animó a vender calles arriba, en el entonces mercado del centro de la ciudad, porque no tenía puesto.
Después de un año con los dulces, aguas y frutas se fue la familia a rentar a la colonia Vista Hermosa, aunque últimamente la señora ha radicado en la Omiltemi. Fue en este lapso en que ya había cambiado de giro, pasando a vender, primero, las gorditas.
– ¿Quién le enseñó a prepararlas?
– Soy de la sierra, nací en la sierra, desde chiquita empecé a trabajar, a hacer tortilla; antes no había molino de luz, nomás el molinito, darle vuelta y vuelta; le daba de comer a veinte peones, por eso empecé y dije “aquí la voy a hacer, y no he dejado”.
Una cubetita de masa, anafre y carbón hace 40 años
– ¿Quién le sugirió vender ese alimento?, ¿Por qué específicamente eso?
– Vendía una señora que vendía poquito, a veces, de ahí se fue la señora y yo empecé a vender, “voy a vender picaditas, a ver si se venden”-, pensó entonces.
Madre e hija dicen que esa señora ya falleció. Recuerdan también a la abuelita de Reyna, de nombre Sofía, una elaboradora de picaditas y de gorditas pero más chiquitas, que se instalaba en temporada de Días de Muertos, aquí mismo, a las afueras de este panteón. Recuerda Reyna a una tía Ricarda, una señora ya mayor que dejó de venir a vender.
“No se me olvida, lo tengo en mi memoria”, dice Paulita: “empecé a vender una cubetita, desde esas chiquitas, de masita; empecé a ver que empecé a vender, dije ‘voy a vender más’”.
Una cubetita y haciendo el fuego con carbón, “¡terminábamos bien encarbonadas”!, dice sonriendo la amable Paulita, que además ponía un anafre y un pequeño comal, no el extenso que ahora utiliza para llenar de esos alimentos con aceite y hasta recipientes con sus alimentos del día.
Aure y Reyna, entonces estudiantes, fueron sus primeras acompañantes y ayudantes en la elaboración y venta, “desde la mañana, antes nos íbamos luego, como a la 1 (de la tarde), porque tenía que ir a darle de comer al esposo”.
– Que usted sepa, ¿En otra partes, como en el centro, habría alguien más vendiendo gorditas?
– No que recuerde. Había una señora, me acuerdo que vendía donde ahora está el edificio Álvarez, ya tiene (tiempo), ya murió-, intervienen madre e hija.
– Doña Paula, ¿Por qué cree que luego luego le fue bien?
– Yo sentía, sobre todo que a lo mejor les gustaban mis salsas que hacía, como las sigo vendiendo, nomás que antes eran tres salsitas, roja, verde y jitomate. Antes no vendía quesadilla, nada más las gorditas de chicharrón, pollo, queso, después de las quesadillas de flor (de calabaza), nomás con salsa.
Algo importante: además de que le iban pidiendo quesadillas, otro hecho influyó para que Paula se animara a la elaboración.
Tuvo que ver Reyna, quien explica: “uno, viajando, fui a Querétaro, vi que se vendían las quesadillas, tipo huarachitos; fui y regresé de vacaciones, le digo ‘sabe qué, allá se hacen mucho las quesadillas así, hay que hacerlas, hay que probar’. Empecé haciéndolas de cueritos, sí se vendían pero poco”.
– Que tú supieras, Reyna, ¿Este tipo de quesadillas no se hacían en la ciudad?
– No. Ahorita las venden en el centro pero diferentes. Hacen la tortilla y ponen el relleno, nosotros hacemos la masa, la rellenamos y la metemos a freír.
Las quesadillas siempre han sido de pollo, salchicha, chorizo, champiñón y flor de calabaza, aunque estas señoras idearon también hacerlas de suadero; las picadas han sido grandes y de tamaño natural.
– ¿Se requiere eso de ‘la buena mano’ para elaborar sus gorditas?
– Exactamente. Hay algunos que hacen la prueba y no la hacen, que han intentado y no, mejor vienen, “por eso venimos acá, no quedan como aquí”, luego le dicen.
“Como si fuera mi casa aquí”
Desde hace 40 años, “después llegó la señora de las flores, ya después mire, ya venden más, la muchacha las chacharitas”.
Por supuesto han ampliado la atención a las y los compradores, ahora de 7 de la mañana a las 4 de la tarde, descansando los días lunes, “vimos que era muy flojo”, y jueves por ser día pozolero.
Al estar colindando con el panteón central, sus ventas aumentan en días conmemorativos como Día de la Madre o del Padre, “y las ofrendas”, en referencia a las cercanías de los Días de Muertos en noviembre, “hay mucha gente”.
– Si hay un tipo de baja de venta, ¿En qué fechas son?
– Yo digo que para mí no es bajón porque ya tengo mis clientes, ¡viera sábado y domingo!, hay gente, ahorita casi no entre semana-, y eso que, se recalca, era constante la llegada de personas, peatones, trabajadores vecinos, por supuesto quienes pasaron al panteón.
A Paulita la acompañan, en total, tres mujeres, su hija y dos señoras, “antes no alquilaba gente, nomás mis hijas, ahora (contrató) porque ya estoy grande y me canso ya, tengo 72 años”.
Refrescos, cigarros ‘sueltos’ “porque el vicio es el vicio… después de un buen taco, su tabaco”, así como los infaltables dulces, hasta acompañamientos de zanahorias en escabeche, ensalada verde y rajas con limón y sal, es lo que se elabora y vende en este lugar, “con esto crie a mis hijos”, dice Paula, separada de don Tomás pero que no dejó de darle manutención y educación a sus hijas e hijos, una de las cuales es profesionista ingeniera pero la mayoría contrajo matrimonio.
– Clientes desde que eran chamacos, hasta ahora que son adultos-, se le dice a Paulita.
– A mis 72 años, pues la gente me conoce, (le han dicho) “me acuerdo que usted estaba joven cuando llegó aquí, que empezó a vender, ¡ahora ya estamos grandes, ya tenemos hijos y usted sigue aquí!”.
– Me voy a enfermar-, admite Paulita cuando llegue el momento (que lo está pensando) de que no venga a trabajar aquí a su puesto, “ya me acostumbré… si dos días no vengo, lunes y jueves, me siento que no quiero estar allá, quiero estar aquí. Como si fuera mi casa aquí ya”.









