Jaime García Moreno
El poder que no se comparte, pudre
Amigas y amigos, deseo de corazón que se encuentren muy bien desde el lugar donde me estén leyendo.
El triunfo de Lula da Silva en Brasil no es un dato menor ni una anécdota electoral. Es una lección política de tamaño continental. Mientras muchos agoreros del fracaso ya decretaban el fin de la izquierda, mientras la sepultaban en sus columnas y en sus noticieros, el pueblo brasileño salió y les dijo que no. Que la izquierda sigue viva, que sigue siendo una opción real, vigente y con respaldo popular en el mundo.
Y eso hay que decirlo sin complejos. Más allá de filias y fobias, el regreso de Lula demuestra que cuando hay proyecto, cuando hay cercanía con la gente y cuando hay memoria, la izquierda puede volver y ganar.
Pero más allá del color ideológico que hoy gobierne Brasil, lo que a mí me interesa poner sobre la mesa es algo que vale para Brasil, para México y para cualquier democracia del mundo: los equilibrios en el poder. Que para mí, es lo más importante de todo.
Siempre he sostenido una idea que no me van a hacer cambiar: el exceso de poder no le hace bien a nadie. A nadie. Ni a una persona, ni a un partido político, ni a un país entero. El poder absoluto marea. Enloquece. Enceguece. Convence al que lo tiene de que es infalible, de que es indispensable, de que es eterno.
Y cuando un hombre se cree indispensable, deja de ser presidente, gobernador o dirigente, y se empieza a creer emperador.
La prueba más clara y más peligrosa la tenemos a la vista, en el norte, con Donald Trump en Estados Unidos. Un presidente que concentra un poder descomunal y que, por esa razón, cree que puede controlar al mundo a su antojo. Que puede poner aranceles como quien pone multas, que puede amenazar a países como quien regaña a empleados, que puede decidir guerras, economías y destinos desde un escritorio y con un mensaje en su red social.
Eso es lo que pasa cuando el poder no tiene freno. Se pierde el equilibrio y se pierde la cordura.
Porque el viejo dicho no falla y nunca va a fallar: quieres conocer realmente a alguien, dale poder. Ahí se le cae la máscara. Ahí sabes si es humilde o soberbio, si es demócrata o autoritario, si vino a servir o vino a servirse.
En México y en cualquier parte del mundo deben existir los equilibrios. No por capricho, no por moda, sino por salud democrática. Para eso existe el Senado de la República, para eso existe el Congreso de la Unión, para eso existen los Congresos de los Estados y los Municipios. Para que nadie pueda decir «todo soy yo». Para que el poder se reparta, se discuta, se vigile y se limite.
A mí me parece fundamental que exista una convergencia de colores. Que haya voces distintas, que haya oposición real, que haya debate, aunque incomode. Porque una democracia sin contrapesos no es democracia, es una coreografía donde todos bailan al son que toca uno solo.
Ustedes recordarán perfectamente qué pasó en México cuando el PRI tenía el poder absoluto. El carro completo. La presidencia, el Congreso, todos los estados, todos los municipios. ¿Y qué pasó? Se tomaban malas decisiones a diestra y siniestra y nadie podía decir nada. Por ese poder absoluto, la oposición que estaba disminuida a unos cuantos testimoniales, no pudo hacer nada cuando se vendieron grandes patrimonios del país, cuando se remataron empresas que eran de todos los mexicanos y cuando otras simplemente se concesionaron a los amigos, a los compadres, a los de siempre.
Y eso es lo peligroso. Que cuando el poder es absoluto, el error se vuelve norma y el abuso se vuelve costumbre.
Por eso lo digo hoy, con el ejemplo de Brasil a la vista: qué bueno que la izquierda sigue compitiendo, qué bueno que Lula ganó, pero qué bueno sería que entendamos todos que ningún proyecto, por bueno que parezca, debe tener todo el poder para siempre. Ni la izquierda, ni la derecha, ni el centro. Ninguno.
El equilibrio no es un estorbo. El equilibrio es lo que nos salva de los excesos, de las venganzas y de las locuras de los poderosos.
Y no me lo tomen a mal, esto es solo un comentario de alguien que cree en la democracia, en los contrapesos y en que el poder, cuando se comparte, sirve. Cuando se concentra, pudre. Les aseguro que no es…nada personal.