La última caricia

David Guajardo Ruz

Imagina que vas por un bosque. De pronto ves un árbol repleto de manos rojas. Podría ser una escena de una película de terror, pero es todo lo contrario. Una imagen real y asombrosa. Me refiero al árbol de las manitas (Chiranthodendron pentadactylon), conocido en náhuatl como macpalxóchitl, que significa «flor de mano». Sus cinco estambres, de un rojo intenso, parecen saludar al viento. Cuando ciertas aves, como el chipe de cabeza gris (Leiothlypis ruficapilla), se acercan a beber su néctar, esta mano-flor les acaricia la cabeza y las impregna de polen que después llevarán a otras flores.

Es difícil no maravillarse ante una planta que ha convertido una caricia en parte de su estrategia reproductiva. Lo que parece un gesto de afecto es, en realidad, uno de los innumerables intercambios que hacen posible la vida. Un acuerdo que lleva ocurriendo desde mucho antes de que los humanos inventáramos el amor.

Desde hace diez años dedico buena parte de mi tiempo al estudio y reproducción de esta especie, catalogada como amenazada de extinción en México. En 2018 comencé a germinar sus semillas, un trabajo que daría origen a la Unidad de Manejo para la Conservación de la Vida Silvestre (UMA) Flor Manita, proyecto dedicado a su conservación y divulgación.

Hace unos días participé en el Segundo Foro del Árbol de las Manitas, celebrado en la Universidad Autónoma del Estado de México. Ahí, entre investigadores, arboristas y otras personas dedicadas a la conservación de esta especie, compartí una noticia que llevaba seis años y medio esperando: uno de los árboles que germiné desde semilla había dado, por fin, sus primeras nueve flores.

Durante el encuentro conversé con Carlos Galindo Leal, ecólogo y uno de los divulgadores de la biodiversidad más reconocidos de nuestro país. Me comentó que estaba especialmente preocupado por las especies que están desapareciendo de sus hábitats naturales. Su preocupación me dejó pensando en el siguiente gran reto que tenemos por delante.

El trabajo de reproducción que realizamos desde las UMA, los viveros y los jardines botánicos es fundamental para conservar especies amenazadas. Nos permite conocer su biología, multiplicar ejemplares y mantener vivo un patrimonio genético que podría perderse para siempre. Pero estos esfuerzos deberían acompañarse de otros igual de importantes en los lugares donde las especies habitan naturalmente.

El árbol de las manitas, por ejemplo, forma parte de los bosques mesófilos de montaña mexicanos, ecosistemas que han perdido territorio frente a la tala ilegal, el cambio de uso de suelo y el avance de los asentamientos humanos.

Y las noticias recientes no son demasiado alentadoras. El pasado 7 de octubre, el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) publicó su Informe Planeta Vivo 2026. Según sus resultados, el tamaño promedio de las poblaciones de vertebrados silvestres monitoreadas disminuyó un 73% entre 1970 y 2022. En América Latina y el Caribe, la reducción alcanza un estremecedor 95%. No significa que hayan desaparecido esos porcentajes de animales o especies, sino que las poblaciones estudiadas son, en promedio, considerablemente más pequeñas que hace cinco décadas.

Pero ¿qué perdemos realmente cuando una especie desaparece de su hábitat? ¿Un animal menos en los documentales de National Geographic? ¿Una fotografía menos en el infinito scroll de las redes sociales? La respuesta puede ser mucho más inquietante.

En India, durante la década de los noventa, las poblaciones de buitres se desplomaron debido a un medicamento administrado al ganado que resultaba mortal para estas aves. Su ausencia provocó un deterioro de las condiciones sanitarias que, según un estudio publicado en 2024, ocasionó alrededor de cien mil muertes humanas adicionales al año entre 2000 y 2005. Resulta extraordinario. Un animal que se alimenta de la muerte contribuye a mantenernos vivos.

Paradójicamente, mientras seguimos perdiendo especies y destruyendo sus hábitats, comenzamos a desarrollar tecnologías para devolver a la vida animales que extinguimos hace siglos. Esta misma semana, la empresa estadounidense Colossal Biosciences anunció nuevos avances en su proyecto para resucitar al dodo, aquella extraña ave que desapareció de la isla Mauricio en el siglo XVII. Lewis Carroll la inmortalizó en Alicia en el país de las maravillas, donde organiza una carrera absurda en la que todos resultan ganadores. En la vida real, el dodo no tuvo tanta suerte. Con ayuda de inteligencia artificial e ingeniería genética, ahora buscan recrear algunas de sus características a partir de su pariente vivo más cercano, la paloma de Nicobar.

Me parece fascinante. Aunque no deja de resultar irónico que estemos intentando devolverle la vida a un animal desaparecido hace cuatrocientos años, mientras todavía no aprendemos a proteger los bosques, desiertos y selvas donde habitan las especies que aún sobreviven. Quizá el siguiente gran descubrimiento científico consista en encontrar la manera de mantener alejadas nuestras motosierras de los árboles que todavía quedan.

Por fortuna, también existen esfuerzos que muestran cómo pueden recuperarse algunas de estas relaciones. En Coahuila, después de más de cien años de ausencia, el bisonte americano regresó a los pastizales de Cuatrociénegas. En 2025, gracias a la colaboración de distintas organizaciones, entre ellas el Museo del Desierto de Saltillo, se estableció una manada de 47 bisontes en la Reserva El Santuario. Este año nacieron ahí sus primeras crías.

Lo fascinante es que los bisontes hacen mucho más que caminar por el desierto. Al pastar, remover la tierra y dispersar semillas, ayudan a regenerar los pastizales. Son, literalmente, ingenieros del paisaje. Su regreso busca recuperar no solamente una especie, sino también las relaciones que mantenía con su entorno.

El arca de Noé tenía un problema que difícilmente hubiera podido resolver el mejor ingeniero naval: ¿cómo meter un bosque? Salvar una pareja de cada animal parece una buena solución para sobrevivir al diluvio. Pero ¿cómo conservar la relación entre una flor y el ave que la poliniza? ¿O entre un bisonte y los pastizales que transforma con su presencia? Podemos salvar a los animales y, aun así, perder el mundo al que pertenecen.

Después de tantos años dedicados al árbol de las manitas, me entusiasma lo que hemos conseguido en la UMA Flor Manita: semillas que germinan, árboles que crecen y personas que descubren, por primera vez, una flor capaz de acariciar a un ave. En los dos foros dedicados a esta especie hemos escuchado que «sólo se puede proteger lo que se ama, y sólo se puede amar lo que se conoce». Pero enamorarnos de sus flores también debería llevarnos a proteger los bosques donde crecen. El siguiente gran reto es proteger sus poblaciones naturales frente a la tala y el avance de la mancha urbana, y conseguir que algún día los árboles que hemos reproducido también contribuyan a recuperar esos paisajes.

Porque lo verdaderamente triste no sería solamente que desapareciera el árbol de las manitas. Sería que un día sus flores abrieran los dedos y ya no hubiera nadie a quien acariciar.

Comentarios cerrados.