JOSÉ ANTONIO ENCARNACIÓN TRIGO, el pozole como orgullo familiar

Cuarta generación familiar en elaboración y venta del pozole verde y blanco, también mezcal con cajel y licor de anís de marca propia, “4 años tenía cuando ya llevaba los refrescos a las mesas”, dice este chilpancingueño, del barrio de San Mateo como lo fueron su abuela, Josefina Santos Alonso, iniciadora en la década de los 20’s; su mamá Guillermina Trigo Santos y su hermana Elizabeth, preservadoras de la Pozolería Doña Jose, un negocio que ha conjuntado colaboración y hasta primer empleo de primos, sobrinos e hijos, desde cuando las matriarcas (“mi mamá despachando y mi abuela, a hacer los tacos de pollo”) vendían en aquella casa de teja y horcones, donde vecinos dejaban sus ollas en fila esperando ser atendidos, hasta en convivencias familiares –por ejemplo decembrinas-, siempre con supervisión de doña Guille, quien junto a Elizabeth hasta envió insumos para el pozole a Monterrey, donde José Antonio, trabajando allá unos años, empezó a vender. “Viendo a mi madre; chamaco pasaba y veía cómo le hacía, de 12, 13 años”, dice el ya radicado en su ciudad desde 1994, trabajador de áreas de gobierno quien, el año pasado y porque siempre le han sugerido vender su pozole, ocupó un espacio con cuatro mesas en la parte superior de esta vivienda donde inició todo (esquina de las calles Leona Vicario y Belizario Domínguez), hasta habilitar la actual Pozolería Guille, que empezó con dos de sus tres hijos, Joel y José Manuel, cada miércoles de noche, jueves en la tarde, sábado de tarde-noche y domingo de mañana, un emprendimiento familiar tradicional que “es una alegría, mucha satisfacción, no es algo que me cueste (…) es el ambiente en el que crecí, es bastante cómodo”, dice Joel, en la cocina y atendiendo comensales, como su papá, quien se dice alegre, a gusto, manteniendo la elaboración del pozole de ‘marca familiar’ desde 1921, recordando a doña Guille acabándose el pozole que le daban, el que su hijo elaboraba.

Pablo Israel Vázquez Sosa

– Toda mi vida-, responde el entrevistado, nacido el 12 junio de 1969, sobre cuántos años lleva en el giro de la pozolería, “4 años tenía cuando ya llevaba los refrescos a las mesas”.

En concreto, a las mesas de la Pozolería Doña Jose, ubicada en esta además casa familiar de la esquina de las calles Leona Vicario y Belizario Domínguez, en su barrio natal de San Mateo, “yo crecí aquí, somos cinco (hermanos) en total, cuatro mujeres y yo”.

Doña Jose, en recuerdo a su abuela Josefina Santos Alonso, iniciadora de la ahora tradición pozolera en casa desde 1921 en este lugar.

Las ollas ‘haciendo fila’ en la casa de teja

“Aquí era de madera”, recuerda sobre este sitio en sus años de niñez, estudiante como sus hermanas aunque, igualmente, ayudando a su mamá Guillermina Guille Trigo Santos, segunda generación continuadora de la elaboración del pozole.

– Entonces, ¿Qué hacía doña Josefina?

– Mi mamá despachando y mi abuela se sentaba a hacer los tacos de pollo… viejita pero aquí estaba, envolviendo los tacos.

José Antonio, pequeño, por supuesto no se metía en la elaboración del pozole, “conforme fui creciendo empezaba a atender mesas, llevar pozole, tacos”.

Como es a la fecha habitual, doña Jose y su hija Guille empezaban a preparar desde el miércoles, comprando mezcal elaborado en las comunidades de Amojileca o Huiziltepec.

Hasta 1990 se hace cargo de la administración de la pozolería, por decisión de doña Guille, quien forma parte de la tercera generación familiar en este giro, Elizabeth Encarnación, hermana del entrevistado.

La causa, “mi mamá ya estaba cansada”. Doña Josefina había fallecido desde 1979.

El joven Joel, acompañando en esta plática, detalla que doña Guille se había hecho cargo del establecimiento desde 1960.

José Antonio recuerda que la cocina se ubicaba a un costado de lo que ahora es la entrada de la pozolería, sobre la calle Leona Vicario; una vivienda de teja y horcones a manera de columnas, que tenía clavos, “la gente llegaba y colgaba su olla, era su apartado; se iban y regresaban por la noche o el jueves a medio día”.

En esta casa las señoras vendían desde el miércoles en la noche, jueves desde el medio día; sábados en la noche y domingo de mañana.

Por su parte, José Antonio migró al norte del país, concretamente a Monterrey, “a trabajar; estudié hasta la preparatoria nada más; me fui en el ’87, tenía un primo allá que tenía una fundición y me fui a trabajar con él; trabajé aquí con José Aponte, en la carretera, a los 12 años, de banderero, parar los carros porque se estaba bacheando. Allá en Monterrey me fui con Mario Aponte, su hermano”.

José Antonio se regresó a Guerrero en 1990, “vi que las cosas se estaban poniendo medio difíciles; en el ’93 estaba otra vez allá, me volví a regresar, fue allá donde nació Joel”.

– Empecé a hacer pozole allá porque mi primo se fue con la devaluación, en el ’92, ’93; con lo de (el expresidente) Salinas se empezó a ir abajo.

“Tengo que hacer algo”, pensó José Antonio, “le pedía las cosas a mi hermana, mi hermana me las mandaba y empecé a hacer pozole”, y es que “comíamos puros frijoles toda la semana; nos fue mal a todos, a mis primos”.

Radicado en Condominios Constitución de aquella ciudad, entonces con la mamá de Joel, el entrevistado empezó a elaborar y vender pozole blanco guerrerense los sábados y domingos, un alimento que –aclara- no se había vendido antes al menos en la zona, “vendíamos pozole, comíamos pozole, gracias a Dios teníamos otro primo allá, el sábado iba, el domingo llegaba a las 7 de la mañana, se iba a trabajar y regresaba con sus tres hijos, su nuera, nietos”.

Doña Guille, recuerda, se ponía contenta por la iniciativa de su hijo.

Un chilpancingueño haciendo pozole en Monterrey

– Creces en esto del pozole, ¿Pero quién te enseñó a hacerlo?

– Viendo a mi madre cómo le hacía; haz de cuenta, chamaco yo pasaba y veía cómo le hacía, de 12, 13 años, porque de chico empecé.

– ¿Nunca te dijo que te acercaras, para guiarte en la elaboración?

– Nada de eso, lo único que me enseñó, por kilo, cuánto le debería de echar la sal, nada más. Ya todo lo demás viendo, desde poner el nixtamal, que te lleva un tiempo, tiene que enfriarse, para poderlo lavar; hay que dejarlo reposar el maíz, otra vez volverlo a lavar, ahora sí lo pones; aquí es maíz pozolero, del grande.

En familia, con Joel muy pequeño, José Antonio retorna a Chilpancingo en 1994. Entró a trabajar en el ayuntamiento, para el bacheo de vialidades.

Después de dos años este padre de tres hijos –además de José Manuel y Luis Fernando- deja de trabajar en el gobierno municipal, para integrarse al gobierno del estado.

Para entonces, Elizabeth se encargaba de la Pozolería Guille, con pozole verde y blanco, mientras su mamá atendía en una tienda, Abarrotes, Vinos y Licores Mario’s, frente a este lugar.

Además de lo habitual en este establecimiento (patitas, chalupas, tacos, carnitas, mezcal), Elizabeth daba un flan a los comensales, un postre que ahora se ha sustituido con torrejas, ya en este establecimiento que se ha retomado como antes, ahora denominado Pozolería Guille.

Después de trabajar para el gobierno estatal, José Antonio realizó varios trabajos, hasta lavando coches.

– ¿Por qué no te acercabas a trabajar al negocio familiar?

– Porque aquí estaba mi hermana con su familia. Siempre, quien tenía el negocio, nos ayudamos con venir y comer.

– ¿No se te ocurrió ponerte a preparar pozole por tu cuenta?

– No, como mi hermana ya tenía la tradición.

“No tanto hacerle competencia”, interviene Joel, “siempre se sintió como el negocio de la familia; mis primos, mis hermanos, yo, hemos estado, quizá nuestro primer trabajo fue ir a atender mesas”.

Integrado, desde el año 2002 a la fecha, a la Secretaría de Educación del estado sobre cómo se integró ya de lleno a este giro recuerda que todo fue empezando en el contexto del deceso, primero, de su entonces suegra; como él elaboró el pozole en lo que transcurrían los rezos, no faltó quien le sugiera que se pusiera a vender, aunque “lo preparaba de por sí”, porque desde antes las reuniones familiares, por año nuevo, por ejemplo, se hacían en torno al pozole que elaboraba José Antonio, con acompañamiento de doña Guille y apoyo de los más jóvenes, como Joel, cargando garrafones de agua o lavando la carne.

“Los vecinos se daban cuenta, (hasta decían) ‘vi que estaban haciendo pozole, ¿Quieren regalarme tantito?’”, también recuerda Joel.

Fue el año pasado que el entrevistado les dijo a Joel y José Manuel –Luis tiene años radicando fuera de Chilpancingo- que iba a vender pozole; entonces donde ahora está el negocio era una pizzería, que estuvo operando por seis años, así que lo que ahora es este emprendimiento inició, a fines de mayo del 2025, en la parte superior de esta misma vivienda, donde cabían cuatro mesas.

– Es el ambiente en el que crecí, es bastante cómodo-, comenta Joel sobre su sentir al conocer la noticia, después al ver operando la pozolería, “en mi experiencia, conociendo otros negocios, de repente me gustaría implementar procesos para la elaboración”.

Primero sábados y domingos, con José Antonio, Joel y entonces José Manuel, ahora también fuera de la ciudad, empezaron este emprendimiento; Joel, contador de carrera, ha dejado de ejercer la profesión para enfocarse completamente a hacer crecer la ahora Pozolería Guille, primero sin razón social, recomendada por pláticas y recomendaciones entre amigos.

Después de once meses bajan a este primer piso, desde entonces la pozolería que homenajea a Guillermina Trigo Santos.

Ya había cerrado, desde las afectaciones por la pandemia del coronavirus, la pasada Pozolería Jose, también en este barrio, que mantuvo Elizabeth por alrededor de 15 años, “no había vacunas, mi tía era persona de riesgo, cuidábamos a mi abuelita; por prevención, tampoco había ventas”, detalla Joel.

Doña Guille falleció en marzo de hace cuatro años por causas naturales. Elizabeth, maestra jubilada, continúa en su casa en esta capital.

“Ya somos la cuarta generación”

Con mezcal que compra de Amojileca, también aquí mismo se elabora el tipo amargo, con cajel, además el licor de anís, marca Guille.

Además de Joel, las señoras Cande, Naty y Mine apoyan en la cocina; Joel y una prima sirven pozole y guisos, “la preparación (del pozole) es toda de nosotros”, aclara el joven.

“Ya somos la cuarta generación”, destaca el José Antonio, “la gente que vino a visitar, en ese entonces, fueron varios gobernadores, Ángel Aguirre, Alejandro Cervantes, el general R. Leyva Mancilla, Caritino Maldonado; ya se fue un pozole a Durango, a Monterrey, hemos tenido banquetes en este espacio, para 50 gentes, ¿Cómo le hicimos?”.

– Mamá, me encargaron pozole para tantas gentes-, luego decía José Antonio, recordando parte del carácter de doña Guille, quien le respondía “pero no vayas a hacer tus cochinadas que hiciste la vez pasada”.

– Yo volteaba a ver a mi hermana y me hacía (hace la seña como de que no haga caso), que no es cierto, que había estado bien sabroso-, recuerda sonriendo el entrevistado, seguro de que su pozole no era una “cochinada” al notar que su mamá se acababa todo lo que le servían.

– ¿Pero por qué te decía eso?

– ¡Pues nomás!, no quedaba conforme.

“Una alegría, bien, a gusto”, dice José Antonio de lo que siente al preservar esta ya larga tradición familiar en su barrio.

– Joel, ¿Qué te genera ver a tu papá en la cocina?, ¿Aquellos recuerdos con tu abuela en esta casa?

– Nunca me he visto como tal, siendo contador público, sino más bien manteniendo un negocio de este tipo. Es una alegría, es mucha satisfacción, no es algo que me cueste.

 

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