VAQUERO DE ZUMPANGO: un entregado a la crónica jaripea

“Es mi vida todo esto”, asegura quien, sin embargo, contrario a lo que pudiera creerse, de chamaco era muy tímido y reservado, “me encerraba en mi soledad”; eso sí, jugando a que estaba en una cabina de radio y sobre todo viendo videograbaciones en formato VHS de montas del jaripeo. Incluso, confiesa Hugo Enrique Marín Cortés, el zumpangueño del barrio de Santo Tomás, cuando debutó de animador en el country bar La Casa del Vaquero, donde había montas, lo hizo escondido atrás de la barra, antes de sus 20 años, aunque “salí con ganas, como los toros que salen”. Debutante en un jaripeo formal en Ayutla, en tiempos en que Rogaciano Luna narraba en el lienzo charro de su municipio y otros renombrados en los estados eran Jaime Luna, Trini Nava o “Boca Seca”, el más conocido como “Vaquero de Zumpango” ha narrado montas en la plaza “Belizario Arteaga” de Chilpancingo, por supuesto en la feria de su tierra, en municipios guerrerenses y varios estados del país, “cobramos, pero con la garantía que si no prendo, si no te gusta mi estilo, no pagas nada (…) a la gente vamos a proyectarla alegría”. Con emisión radial en Chilpancingo, una página en Facebook muy seguida e integrado a la agrupación de la fe católica Zumpangueños en Acción (ganadora de medalla al Mérito Civil municipal por sus acciones solidarias, sin fines de lucro, hacia personas enfermas y vulnerables), asegura que en el ambiente del jaripeo “somos una familia”; que hay nuevas voces cronistas poniendo ambiente a las jugadas, y que “gracias al jaripeo come la familia, bendito Dios nos va muy bien porque hicimos un estilo: cuando tienes un estilo, así puedas estar hasta el último rincón, tú escuchas la voz, ‘es fulano de tal’. A veces me pongo a pensar ‘estoy haciendo todo y no tengo nada’, pero me gusta, te lo juro; es un gran compromiso para mí”.

 Pablo Israel Vázquez Sosa

Nacido el 13 de enero de 1983 en el barrio de Santo Tomás, del vecino Zumpango del Río, aunque también con raíces de la Costa Chica del lado materno, concretamente de Las Vigas, Hugo Enrique Marín Cortés, mucho mejor conocido como El Vaquero de Zumpango recuerda que su gusto por la cultura del jaripeo empezó desde la niñez, viendo videograbaciones en formato VHS en casa, “de ahí se fue desarrollando este gusto”.

Niño estudiante y trabajador los fines de semana, tirando la basura de casas, Hugo Enrique revela que siempre, de niño, su ilusión fue estar en una cabina radiofónica, “todavía conservo la grabadora de doble casetera, simulando: pones una canción y presentas la otra enseguida. Jugaba con ser locutor”.

No sólo no tiene antecedentes familiares en medios de comunicación, incluso se recuerda como un chamaco “muy tímido, reservado”, que ni salía –por ejemplo- a la entonces popular Disco Río, a la que sí concurría la chaviza de su generación, “me encerraba en la soledad”.

Egresado de la prepa 36, admite que pensó en inscribirse para la carrera de Derecho, “pero no sé cómo se me dio esto, una chispita me dijo Comunicación, me fui a la famosa ECO (la entonces Escuela de Comunicación en Chilpancingo)”.

“¡Puerta, caporales!”

– Alternaba-, recuerda Vaquero de Zumpango sobre ese tiempo, estudiando la carrera y ya vinculado a la narración de jaripeos, “estaba en la disco La Casa del Va quero, trabajaba jueves, viernes, sábados y domingos; yo era el alma de la disco, estaba bien chavo, fue en el (año) 2000; había pista, un ruedo, un rodeo de media noche; metían banda, monta, después de la monta, todos a bailar y a pistear”.

– Yo animaba-, detalla sobre esos inicios….aunque escondido, “la primera vez que narré me dio mucha pena; la gente buscaba al cronista pero estaba escondido atrás de la barra”.

Eso sí, en aquel lugar “me hice, me formé, ahí salí del cascarón, ¡puerta, caporales!, mi lugar estaba con el dj, él ponía la música y yo animaba. Tuve la suerte de que muy chavo empecé a picar piedra, me empecé a rozar, a conocer, a ver, a experimentar”.

Recuerda que Javier Martínez y Cristóbal Cabrera fueron quienes lo animaron a incursionar en las primeras narraciones, “yo narraba pero nada más de aficionado… ya lo traía pero no lo explotaba”.

La Casa del Vaquero cierra por ahí del 2004, cuando Hugo Enrique –lo admite- a veces ni iba a la escuela, “nos amanecíamos en el bar”, también “iba y venía, era pesadito”.

Ya forjado, en todo el lapso una vez fue invitado a narrar un jaripeo formal, “llevé el micrófono inalámbrico que no tenía, lo tomé prestado”.

Y dio el siguiente paso, más formal: ser cronista de esa actividad, la de las montas, ya cuando se le conocía como El Vaquero precisamente por su paso por aquel rodeo-bar, “de las primeras narraciones profesionales, en el lienzo charro de Ayutla de los Libres”, tiempos de renombrados jugadores como Joel de Chaucingo, El Tijeras de Chaucingo, Solín de Iguala, Everardo Plata, gente que llama incluso sus ídolos. También recuerda que iban a narrar renombrados como Jaime Luna, de Puente de Ixtla, Morelos; Trini Nava, El Filósofo de los Ruedos, o El Boca Seca, “después mi turno. Va por etapas. Me gusta respetar la jerarquía de los grandes”.

Llegó, por supuesto, a narrar en este lugar donde transcurre la plática con Vértice: el lienzo charro de su municipio, “esta plaza la cubría el maestro Rogaciano Luna, era el titular de todas las ferias; descanse en paz, maestro de profesión y cronista de jaripeo. Después de que él cumple su ciclo en esta plaza me toca a mí y hasta el momento seguimos trabajando aquí”.

– Las piezas se acomodaron y ya estaba hecho, ya traía escuela-, dice El Vaquero, “ya trabajaba en Chilpancingo con el señor Pancho Soto, de la empresa Cañón, en la plaza de toros Belizario Arteaga; estar en un lleno total, en los eventos de Los Destructores, que todo mundo quiere ir, y yo en el centro, dominando el micrófono, para mí fue algo muy bueno. Salí con ganas, como los toros que salen”.

– ¿Tuviste algún maestro en esto?, ¿Cómo te fuiste puliendo por ejemplo en vocalización?

– Me gustaba cantar, cantaba mucho de Tierra Caliente, son temas altos, tenía la voz más delgada. Me echaba mis palomazos en casa.

Sobre la locución, entonces escuchaba a consolidados como Víctor Manuel Luján, además de resaltar que le sirvió el paso por la entonces ECO, aunque en el plantel no ejerció radio.

Recio, como un rayo

Cubriendo las ferias, “casi completas”, yendo a municipios, El Vaquero iba fogueándose sobre todo en la Costa Chica; ahora, dice que ha visto desarrollarse a jóvenes en esta actividad, “tengo alumnos. Hay un alumno mío, Mezcalito de Chilpancingo, Obduvier Blass, lo tuve en la radio, en la K Buena; me llegó siendo un fanático, un niño que llega a un ruedo, que anda con los jinetes, en la bola; lo hice, lo pulí, le enseñé lo bueno… y le hice ver también lo malo, porque aquí existe lo bueno y lo malo”, ejemplificando con los excesos que puedan darse, ya sea en desvelos y hasta la ingesta de bebidas embriagantes. Y es que hay que ser muy sociables en esto.

“Tenemos que cobrar porque hay que pagar gastos a donde vas, hospedaje, casetas, gasolina. Cobramos, pero con la garantía que si no prendo, que si no te gusta mi estilo, no pagas nada. Mi estilo es el que alega, el que prende, el desmadroso. Tengo una forma de trabajar: aparte de la voz, voy llevando el evento y voy colocando un refrán, un dicho, alguna frase mía; tengo frases mías, ‘quisiera ser como el gato de las siete vidas, pero con la que tengo que entretengo’, muchas más’, hay otras que adopto y las hago a mi estilo, están ahí guardaditas y las agarro. Cuando prendo el ambiente empieza a salir todo esto. Lo mío es improvisar, mi fuerte es improvisar, te puedo hacer una oración ahorita, y al rato otra, y alterno, simplemente dame el micrófono, libertad, y punto. Créeme que a veces me salen bonitas palabras que pareciera que las vas acomodando.

– Hay, entonces, un estilo Vaquero de Zumpango.

– Mi estilo siempre acelerado, siempre me vas a ver recio, como un rayo.

Se le pregunta si ha llegado a narrar preocupado, agüitado o hasta de malas; admite que una o dos veces fue así pero “siempre me vas a ver alegre, riendo; me río hasta en las conversaciones, hay personas que no me conocían y pensaban que hasta me estaba burlando de ellos, yo tenía que aclarar”.

Eso sí, ‘bajoneado’ “pero estando adentro se te olvida todo; a la gente vamos a proyectarla alegría, hay gente que a lo mejor tiene un problema, que no la está pasando bien económicamente, y se va a los toros a distraerse, y nosotros tenemos que cambiarle, la banda, todos; uno es la voz del evento y si tu evento tiene un buen cronista, que sea activo, tu evento siempre va a estar arriba. Me han puesto a narrar con una bocina, pero el ambiente no se me viene abajo, siempre lo mantengo arriba”.

A estas alturas del año “me estoy poniendo metas, quiero avanzar, quiero darle más a la página (de Facebook, Vaquero de Zumpango Oficial), ahorita voy a un pasito, pero mañana también quiero trotar y quiero correr para que la página vaya adelante.

En la crónica jaripea, Hugo Enrique ya tiene fechas hasta para enero, “estamos por lo regular en las fiestas de Guerrero, donde mi voz ya es parte de tradiciones”.

– ¿Hay otro cronista, que haga lo mismo que tú, en Zumpango?

– Ahí está El Gavito de Zumpango, mi ahijado que lo he traído a raya porque lo quiero ver bien al muchacho. Ahí está mi compadre Chino Country. De a ratos entran al ruedo, regresan, descansan, quisiera que estuvieran un poquito más vigentes.

– ¿Estás dejando escuela, o quieres dejar escuela, en la narración del jaripeo?

– Sí. La gente me ubica, conoce el timbre de mi voz, te puedo mostrar los mensajes de la gente que se queda con mis dichos, gente de otros lugares.

“Somos una familia”

El Vaquero ya está confirmado con trabajo de aquí hasta diciembre hasta fuera de Guerrero, además de mantener su espacio radial en La Bestia Grupera (medio día de lunes a sábado), y ser parte activa de la asociación local Zumpangueños en Acción, que gestiona ayuda (ya sea para intervenciones médicas), solicita cooperaciones y concientiza sin fines de lucro de sus integrantes, habitantes de la fe católica, “el grupo tiene tanto éxito que tenemos una medalla al Mérito Cívico Eduardo Neri. El día que la recibí, a mí lado estaba toda la gente de Zumpango del Río, esa medalla es de los zumpangueños”.

– Hemos ganado batallas, hemos salvado vidas a través del grupo-, dice Hugo Enrique, “siento la presencia de Dios. Quiero agradecer a todos los compañeros, desde los niños que salen de su casa, ya tienen esa monedita para el enfermo; escuchan las danzas, llevamos Chinelos, Tlacololeros, piteros, tenemos al carro de sonido, al ingeniero de audio, voluntarios para botear. Estamos sembrando con las nuevas generaciones”.

– Cronista de jaripeo fuera de tu tierra, locutor, gestor de ayudas solidarias…

– Me gusta…a veces me pongo a pensar “estoy haciendo todo y no tengo nada”, pero me gusta, te lo juro. Manejamos un perfil bajo, hay gente que se hincha, que se crece.

En su caso, invita a que se le vea y escuche en el jaripeo “para que veas cómo me trata la gente, aquí es ‘amor con amor se paga’”.

– Soy de las personas que se entrega al jaripeo, de esos jugadores que sudan la playera, que mojan la camisa, que trabaja por la derecha. Somos una familia-, sostiene el entrevistado, “es un gran compromiso para mí, nunca se me ha subido; tal vez la gente me ve serio, cortante puede ser, pero calificamos a la persona sin tratarla. No es chocantería, lo que pasa es que uno busca su paz después de una larga labor”.

– ¿Qué estás pensando, sintiendo, en el momento de animar a la concurrencia, también viendo las montas de los jugadores?

– Es mi vida todo esto, como un futbolista ama al futbol, como un boxeador al box, así nosotros nos entregamos, gracias al jaripeo come la familia, bendito Dios nos va muy bien porque hicimos un estilo: cuando tienes un estilo, así puedas estar hasta el último rincón, tú escuchas la voz, ‘es fulano de tal’. Hay tanto que darle al jaripeo que a veces no quiero ni que se acabe: me meto al ruedo, hago un concurso, para entretener más a la gente, que la gente esté contigo, con tal de que no se acabe el evento.

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