Ya alejado de la parafernalia ostentosa; fuera de esos encuentros masivos en todos lados donde, además de la falsa cercanía con el pueblo también imperaban las hipocresías y las disimuladas patadas bajo la mesa en entornos festivos y de supuesta unidad, el priísmo en el país cumplió 97 años de su fundación, de inicio denominado Partido Nacional Revolucionario -PNR-; esta vez, nada de algún evento conmemorativo donde, de por sí, la ausencia ciudadana y política ha sido más notable, incluso dramática desde hace años a la fecha.
Que sí –como repiten sus todavía promotores que hay en algún lado-, el Partido Revolucionario Institucional –PRI- legó al país instituciones, gran obra infraestructural, un sistema medianamente democrático que, sin embargo, se fue cerrando al paso del tiempo; también en efecto, se trata de un partido que en su momento impulsó programas y políticas públicas incluso tirándole a populistas –como los “tortibonos” para el sector tortillero, o el programa Solidaridad en el salinato-, que pudieron generar bonos temporales para el sistema, pero algo se estaba pudriendo en las cúpulas del tricolor y de ello la población daría cuenta en los procesos electorales, hasta el año 2000, con la derrota histórica del PRI de la Presidencia de México para dar paso a dos sexenios del derechista PAN. Actualmente está visto cuál es la situación de ambos institutos políticos.
Partido por supuesto de claroscuros –como absolutamente todos en México-, en el PRI no sólo prevalecen la desolación y la intrascendencia en sus aniversarios actuales: a la par del descrédito permanente, lo que también permea de cara al proceso electoral del próximo año, en Guerrero, en varios estados y para escaños legislativos locales y federales, es una cuesta muy arriba que se ve muy difícil de sortear, más en estados como este, desde ya considerado como históricamente obradorista -aún a pesar de administraciones deficientes como de Acapulco, o en su momento en Chilpancingo-, donde se le tiene fuerte fidelidad tanto al ex presidente Andrés Manuel López Obrador –en estas horas, por cierto, con rumores sobre un supuesto estado debilitado de salud-, como al proyecto de nación que fundó y que continúa consolidándose con la cuarta transformación, ahora de la mano de la presidenta Claudia Sheinbaum, de probada alta popularidad a pesar de los inéditos retos que está enfrentando y solventando.
Así que las y los priístas, de nueva cuenta ante otro proceso electoral, la tienen complicada para consolidar sus intereses y para tratar de ir convenciendo a un electorado que ahora hasta les echa en cara reclamos, burlas y hasta ofensas en las recientes pintas que mandó a hacer el Comité Directivo Estatal –CDE- del partido concretamente en espacios públicos de Chilpancingo, una muestra más de la percepción que continúan arrastrando desde hace lustros.
Ya son 97 años del PRI en México, se dice que actualmente rumbo a la extinción o al menos en la pérdida del registro nacional, como ha ocurrido con el PRD; algo muy viable porque se está ante una ciudadanía que confía en su presidenta y gobernantes del partido Morena, que también –importantísimo- tiene memoria y mayor sentido de politización y discernimiento, y todavía, al liderazgos e influencias que persisten en Guerrero –las y los mismos de siempre, los mismos rostros rotándose algún carguito de elección popular que lleguen a arañar-, eso va sumando al rechazo social y restando a una probabilidad de reposicionamiento.