MARCELA CHEPILLO TEPEC, bordado, confección y superación

“Sentía tan bonito”, recuerda de su titulación, como maestra egresada de la UPN de Chilapa, la nacida en el vecino Zitlala quien, desde muy joven, “tenía deseos de superarme”, por eso en vacaciones escolares se iba a Acapulco a aprender primeras nociones de costura, durante 7, 8 años, con una señora Porfiria Lluvias; por eso, ya casada en el puerto, a escondidas de su esposo Misael, iba a una academia de corte y confección, donde aprendió el sistema Moctezuma para elaboración de vestidos, trajes, camisas, gorras. Separada, de regreso a Chilapa para cuidar a su mamá enferma en el barrio de El Tecolote (donde tiene más de 60 años radicando), con dos hijos pequeños y una sobrina normalista, retoma costura pero en el entonces Instituto Nacional Indigenista (INI) la invitan a ser brigadista en comunidades, dando clases de corte y confección a mujeres, niñas y niños. De Hueycantenango, Atzacoaloya o Alpoyecancingo, la maestra concluyó secundaria y cursó bachillerato en Iguala (saliendo de madrugada de Chilapa para estar en clase antes de las 8 de la mañana), logrando plaza como maestra bilingüe al ser nahuahablante. Jubilada hace 17 años, después de 30 años en el magisterio, también en comunidades (Tlachimaltepec, Ahuixtla, Zompeltepec), retoma costura, confección y bordado (trajes de Tigre, prendas de manta, blusas, cojines para cama o sofá), que vendía en el entonces mercado del centro de Chilapa, después –y a la fecha- tanto en su casa como en dos temporadas de exposición al año: en agosto, por la Tigrada, y en diciembre de actividades religiosas, como procesiones. “Primeramente Dios voy a seguir adelante”, dice la hoy bisabuela de casi 82 años, “siento que no me doy por vencida, sigo mi vida, como que no siento que ya estoy ancianita (…) mucha gente me conoce, llega la gente, dicen ‘la señora que vende trajes de Tigre, trajecitos de manta’”.

 Pablo Israel Vázquez Sosa

Nacida en Zitlala, en 1944, con más de 60 años radicando en la cabecera municipal de Chilapa de Álvarez, antes de que llegue a este municipio –donde transcurre esta plática con Vértice- la hija de Adrián Chepillo Olea y María Francisca Tepec vivió unos años en Acapulco. De niñez en su natal Zitlala, en la familia “no éramos tan pobrecitos, mi papá era músico mayor, tenía una banda de viento; tocaba clarinete, saxofón, trombón, todos los instrumentos; ayudaban en la iglesia, cantaban, tocaban. Mi mamá se dedicó al hogar, nos enseñaba (diciéndole) ‘tres dedos para acá, bájale para acá, una medida acá, en Zitlala cosía vestiditos”.
En casa de Marcela se enseñaba a ganarse el dinero con alguna ocupación, “ganábamos un poco haciendo cinta, petate, tenates, desde niña; terminé la primaria en un internado indígena en Atenango del Río, después mis papás ya no me pudieron dar estudios. Me fui a Acapulco y empecé a trabajar”.
Entonces tenía un hermano estudiando para sacerdote y otro para ser profesor; su mamá tuvo once hijos y de éstos dos fueron mujeres.
Acapulco y la academia a escondidas
La pequeña Marcela conoció aún más la confección con una señora en aquel puerto, “iba a ayudarle en costura, bastilla de los vestidos, todo eso; una señora que nunca trabajó en ni un lado, tenía su taller en su casa, se llama Porfiria Lluvias Rendón, “estuve mucho tiempo con ella, 7, 8 años”. En las vacaciones trabajaba allá, en tiempos de clases venía a estudiar aquí, en la escuela que ahora es Benito Juárez, había puro adulto, señoras, señores de cuarenta y tantos años, entrabamos en la tarde”.
– ¿Por qué específicamente llegó a Acapulco y no aquí, que está más cerca?
– Yo quería superarme un poquito, tenía deseos de superarme-, responde, aunque detalla que una pareja aquí en Chilapa, que tenía lazo familiar con doña Porfiria, la contacta con esta señora, “pero por suerte o desgracia conozco a una persona, un novio, y no pude seguir estudiando porque vino, que se iba a matar si no me casaba con él, no sé qué tanto…y aquí la familia, que estaba en Zitlala, me cerró las puerta, (le decían) ‘vete con él y cásate’”.
Marcela se casó con Misael Morales Alonso, ya fallecido y oriundo de la Ciudad de México, “lo conocí en Acapulco, ya tenía 21 años; nos casamos y vivimos en Acapulco”.
– Él me prometió que sí iba a estudiar, que iba a terminar la secundaria… fueron promesas nada más-, recuerda la entrevistada, viviendo con su esposo en varios puntos del puerto; él, repartiendo sus labores entre ser músico y comerciante; ella, como ama de casa pero siempre recordándole a su pareja su interés por continuar estudiando.
Reconoce que sin que lo supiera don Misael se inscribió en una escuela de corte y confección en el centro del puerto, en las cercanías del área comercial conocida como Tepito, “no me acuerdo cómo se llamaba la academia, pero estudié. A escondidas de mi marido, él se iba a trabajar y yo me iba a la academia, entraba a las 5, a las 6:30 salía.
Aprendí con el sistema Moctezuma, todavía tengo unas tipo reglas; son medidas de gorras, camisas, faldas –son siete las que se trazan-, mangas, vestidos”.
Tres años yendo a aquella academia, su esposo nunca se enteró, y a punto de egresar formalmente le avisaron que su mamá, ya entonces viuda, estaba muy enferma, ya radicando en Chilapa y concretamente en este mismo barrio de El Tecolote, misma zona de esta plática, “me vengo para acá y ya no terminé la academia”.
Doña María Francisca falleció y Marcela se quedó a cargo de una familiar que no tenía papás, ella ya separada de don Misael y, desde entonces, radicando definitivamente en este municipio. Aquella familiar, Marcela, hoy maestra, era una sobrina que estudiaba en una normal y además porque la señora tenía dos hijos –actualmente fallecidos-, Salvador y Dulce Princesa, se puso a trabajar para la manutención de su familia, “tenía la necesidad de coser, conseguía costura para acá, hacía costuras de la Técnica, saco y pantalón; tenía sobrinos que estaban estudiando y les decía ‘yo les puedo hacer uniformes’, me traían topa y cosía, aquellos tiempos eran 30, 40 pesos, pero me caía dinero”.
Maestra de corte y confección, después en primarias
Lo que ahora es la vivienda de material de doña Marcela fue, cuando recién llegó en familia, una casita hecha de lodo y piedra, “había cancha pero había pura tierra, un arito que estaba ahí”, dice de la ahora bien habilitada cancha de basquetbol que está saliendo de su vivienda.
Tenía doña Marcela una cuñada que preparaba y vendía comida a maestros del entonces llamado Instituto Nacional Indigenista (INI), “me conocieron y me dicen ‘¿No le gustaría trabajar con nosotros?’. No había plazas más que para auxiliar de cocina”.
Ingresa al INPI en esa área pero como ya la conocían de su labor cosiendo la llamaron para preguntarle sobre conocimientos y documentación, “te vas como maestra de corte y confección”, se le dijo, “entré a una brigada y no conocí a otra maestra”.
– Cuando llegué a Hueycantenango nadie sabía de sistema. En la mañana trabajaba con las señoras y en las tardes trabajaba con los niños-, recuerda Marcela, trabajando de 7 de la mañana a 7 de la noche y entonces llegando cada ocho días a casa, con sus hijos pequeños, aunque se fue de brigada primero a la comunidad de Atzacoaloya, después “nos desplazábamos en pueblitos todos los días”.
Repartió después su tiempo estudiando y egresando en los niveles secundaria y bachillerato, incluso cursando la Universidad Pedagógica Nacional (UPN), concluyendo como maestra.
Cada sábado yendo al bachillerato en Iguala, se levantaba de madrugada para agarrar transporte a la salida de Chilapa, para pasar por Chilpancingo y llegar antes de las 8 de la mañana a la escuela, “fue mucho muy difícil pero una cosa bonita”.
Aún como estudiante de magisterio bilingüe –porque sabe hablar náhuatl- la mandaron a dar clase a primarias en comunidades cuyo traslado implicaban hasta 7 horas de camino, como Alpoyecancingo, “nos íbamos los domingos, regresábamos el viernes en la tarde; si nos ganó el carro (porque se les fuera) llegábamos el sábado en la mañana”. Así durante tres años, “estaba lejos de mis niños”.
Llegó después a un albergue en Tlachimaltepec, también Montaña Alta, “luego me trajeron como maestra de grupo en Ahuixtla (ya en Chilapa), ahí estuve 15 años. Terminé la UPN ya grande, entré al magisterio ya grande, 30 años tendría”.
Llegó después a dar clases, durante cuatro años, a una primaria en la comunidad de Zompeltepec, “ya me venía arrimando para acá (la cabecera municipal), empezaba con dolores en los pies, pedí mi jubilación; no dejé de coser los sábados y domingos, sí dejé de coser vestidos pegados, de moda, ya no me daba tiempo”.
Jubilada del magisterio hace 17 años, la entrevistada estuvo 30 años dando clases en primarias, “y me dedico a coser”.
“Mi idea era esa, superarme”
Admite que perdió cierta práctica para trajes y vestidos, “me dediqué a hacer esto, esto no tiene tanta medida”, dice en referencia a los trajes de Tigre, prendas de manta, blusas con bordados por supuesto hechos por ella, con el estilo de Atzacoaloya; también hace cojines para cama o sofás, bordando desde rosas, pascuas, instrumentos musicales, flores, “de todo, muñequitos, perritos, ya después los armo”.
Marcela Chepillo, actualmente, sale dos veces al año a ofrecer sus confecciones: en agosto por la celebración popular de la Tigrada chilapeña, y en diciembre, en el marco de exposiciones culturales artesanales también en la cabecera municipal.
– ¿Cómo se fue vinculando a la venta en las calles?
– Tenía una cuñada que tenía puesto, a mí me daba un lugarcito cuando estaba el mercado aquí (en el centro de la ciudad), vendíamos donde está la puerta del (colegio) Carrillo (Cárdenas). Ya después pedí permiso y me daban permiso, llevábamos nuestros costales, estaba un poco más maciza, todos los días íbamos en la Tigrada.
Desde hace dos años, en diciembre, la maestra se ha instalado al lado de la Concatedral de Chilapa, en la expo con otros productores y artesanos, “a pesar de la edad, sigo vendiendo”.
– Así me la paso, esa es mi vida, ¿Qué puedo hacer más?-, dice Marcela, “hay veces que me pongo a rajar mi palma, me pongo a hacer mi cinta, lo vendo en el mercado, según para entretenerme, veo la tele, empiezo a hacer mis cintas para no perder tiempo”.
– ¿Le ha enseñado este conocimiento a alguien más?
– No quieren-, responde con un dejo de resignación, “lo que digo (es) que el día que yo trascienda de aquí ¿Dónde van a dejar todo esto?, pues a la basura, ni modo”.
– Aquí en casa, otra parte no-, especifica sobre dónde se le puede encontrar para encargare algún bordado o confección de prenda, “mucha gente me conoce, llega la gente, buscan en septiembre, en mayo, en noviembre, diciembre, dicen ‘la señora que vende trajes de Tigre, trajecitos de manta’”.
– Doña Marcela, es usted un ejemplo de superación-, se le comenta.
– La verdad, cuando me titulé, le digo a mi gente “sentía tan bonito”, porque mi idea era esa, superarme-, dice esta abuela de cinco nietos y seis bisnietos, que este 2026 cumple 82 años, quien después de separarse de don Misael nunca se casó ni tuvo otra relación sentimental. Actualmente vive en esta casa con quien llama su hijo de crianza, Cándido, él con esposa y dos hijos pequeños.
– ¿Cómo se siente, maestra Marcela?
– Bastante feliz, créame, a pesar que me detectaron que mis huesitos están pegados, pero no me siento triste, hay médicos, medicinas (para atenderse), primeramente Dios voy a seguir adelante. Me dicen “¿Usted nunca ha tenido problemas?”, digo “problemas no, si quisiera tener, pues tendría, pero no los tengo”. Siento que no me doy por vencida, sigo mi vida, como que no siento que ya estoy ancianita.

Comentarios cerrados.