JESÚS ENRIQUE HERNÁNDEZ CAMARILLO, empírico en monederas para urvans

Empezaba a dejar su trabajo de ‘combiero’ del transporte público (en las rutas San Mateo, Los Ángeles, Guerrero 200), también a sentirse mal por dolor en la vesícula, y este nacido en Veracruz (radicado en Chilpancingo desde 1988, llegado desde Morelos como gerente en la extinta Mueblería Carbajal de la avenida Guerrero) ya había hecho su primer caja monedera (donde el chofer de ruta pone, ordenadamente, las monedas que cobra al pasaje) y como le salió, consiguió madera yendo al mercado a pedir cajas para fruta, hizo sus plantillas, y con sus herramientas de casa, de manera empírica (aunque trabajó en papel tapiz y alfombra cuando estuvo unos años de migrante en California), “me las ingenié, le gustó a mucha gente”. Desde hace unos 19 años don Jesús elabora desde cero (en corte, pegado, forrado, acabado), nunca atornilladas a las unidades, cajas monederas o “marimbas” para combis (ahora, sobre todo, de otros municipios) y modelos de unidades urvan (Toyota, Nissan, NV), también para taxis (con todo y asidero de recipientes y para pantallas, que llama “de lujo” al ser más laboriosas) y hasta para establecimientos comerciales, siendo el único –así lo dice- en todo Guerrero con este conocimiento en esta que “no es una carpintería normal, es artesanal”, donde enseña el oficio a jóvenes becarios de programa federal (Amando, Juan José y Efraín). “Cada que entrego una caja, siento como que entrego algo mío. Se hacen de corazón, la verdad sí me esmero para que se hagan”, dice este artesano con espacio en Facebook “Cajas Chilpancingo”, quien se dice “contento, con ganas de seguir y ver mi proyecto avanzado (…) ojalá algún día nos hagan caso” en la gestión de ampliación de su taller y compra de más insumos y equipamiento, porque han pasado candidatos y hasta autoridades pero sólo a tomarse la foto, y es que “el transporte nunca se va a acabar, lo que hay que hacer es diseñar a los modelos de tableros que están saliendo al día”.

Pablo Israel Vázquez Sosa

Nacido el 16 de enero de 1960, en el municipio de Orizaba, estado de Veracruz, la pregunta inicial es obligada: ¿Qué hace un veracruzano en estas tierras guerrerenses?, “el clima tan bonito que realmente nos gustó”, responde, en concreto, sobre Chilpancingo, “estuve en la Ciudad de México pero no hay un clima como este… está muy a todo dar para mi edad y mi enfermedad que he tenido me sienta bien”.

Don Jesús salió con su familia de Veracruz él siendo prácticamente un recién nacido. Llegaron al Estado de México, primero a Naucalpan y después a Coacalco.

– Una empresa nos llevó a Morelos, de Morelos nos trajo aquí, a Guerrero-, detalla el entrevistado en su taller de la calle Rubén Figueroa Figueroa, en la colonia Ruiz Massieu de la capital.

Chilpancingo 1988: mueblero, taquero, ‘combiero’

“La empresa que nos trajo fue la gran mueblería, la mejor de todas, la Carbajal, que estaba pasando el paso a desnivel; vendíamos toda clase de instrumentos musicales, ropa, artículos para el hogar”.

Tenía unos 22 años cuando don Jesús empezó a trabajar para esa empresa que tenía sucursales en estados del país, “empecé como cargador, chofercito, a llegar a un puesto; yo nomás tuve la secundaria y llegamos a una gerencia, a esa gran mueblería (en Chilpancingo). Siempre me ha gustado salir adelante, progresar”.

Además, por entonces, “ya tenía mis deberes, tenía familia”.

– Guerrero es bonito y hay maneras de salir adelante-, dice don Jesús, que antes de su actual oficio en casa la hizo de chofer de urvan y hasta de taquero en la ciudad.

Incluso, antes de llegar aquí, detalla que se fue unos tres años a Estados Unidos, “ahí viene un poco también la creatividad de todo esto, para hacer las manualidades, porque esto son cosas artesanales”.

Y es que don Jesús trabajó en Santa Ana, California, sobre papel tapiz y alfombras, “es lo que le digo a todo mundo, ‘aprendan bien lo que están trabajando porque algún día lo pueden utilizar’. Fui taquero, sé hacer todo eso del (platillo) alambre, la parrilla, pastorero también, fui cocinero. Varios oficios, llegando desde los de abajo hasta lo que pueda lograr uno lo máximo”.

Sobre su crecimiento en la mueblería Carbajal, fungió de vendedor y conductor de unidades hasta fuera de Morelos, “mucha gente me quiso, me ayudó a hacer una cartera de clientes muy buena”.

Entonces con 17 sucursales en el país, la dirección de Mueblería Carbajal lo envía a Guerrero y directamente a Chilpancingo, ciudad que “conocí desde que era muy niño porque me llevaron a un viaje a Puerto Escondido (Oaxaca), se nos descompuso la unidad que llevamos, la Estrella de Oro; ahí conocí Chilpancingo (las afueras y en carretera) pero nunca creí que me fuera a quedar aquí”.

Fue hasta 1988 que don Jesús Enrique llegó a la ciudad pero en plan laboral y ya para no irse más, laborando en esa empresa ubicada en la avenida Guerrero, por cierto cuando ya se había construido el actual paso a desnivel.

– Yo llegué como gerente, a suplir al gerente que se iba-, recuerda el entrevistado, “fue poco tiempo, como seis meses porque desgraciadamente murió el dueño, Luis Carbajal; tenía cuatro hijas y cuatro yernos, se peleaban el hueso. Murió este señor y se acabó todo, me mandaron otra vez para Cuernavaca pero de ahí decidí otra vez volver, pero ya no en lo mismo, ya en otra condición”, y es que don Jesús se separó de su entonces familia “y a empezar otra vez aquí, en Chilpancingo”.

– Me gustó su clima-, insiste el hoy artesano de la madera, recordando cómo el agua del río Huacapa estaba limpia, “nada más fuimos a terminar el asunto (familiar) en Morelos y nos venimos”.

Plantillas en madera de cajas del mercado

Ejercería entonces el transporte en el servicio público, es decir conductor de las entonces combis, aunque antes “tuve una taquería en Tixtla, les di el tip a los señores de los taquitos orientales que se fueran para allá, por eso están ahí. Me vine para acá y empezamos en el servicio público”.

Sólo dice que “conocidos, amigos”, lo vincularon al sector transportista, “cuando entré eran combis”, trabajando en la ruta del barrio de San Mateo a Jacarandas, “todavía las micros de la CNOP, del PRI, bajaban”.

– ¿Pensaba entonces en adquirir algún permiso concesionado?

– Claro que sí pero desgraciadamente la corrupción nunca nos dejó; al vernos que éramos pobres nos hicieron a un lado.

Todo se fue juntando: en esas fechas empezó a tener dolor en la vesícula, “me operaron, ya no tenía apéndice, eso me retuvo para no seguir en el transporte”.

Fueron diez años de ‘combiero’ de don Jesús, quien nunca pudo hacerse de una concesión –en parte por las complicaciones de su enfermedad- pero trabajó más rutas en las colonias Los Ángeles y Guerrero 200. En ese lapso conoció a doña Margarita, con quien desde entonces vive en este lugar.

También, en ese lapso, sin trabajo, se acercó a un negocio temporal de tacos, instalado en lo que duraba la Feria decembrina, donde se estaba solicitando parrillero, “año con año trabajé durante 15 años con esa persona”.

– Yo necesitaba una cajita para mi unidad-, recuerda don Jesús sobre el inicio de su actual oficio, “fue donde diseñé la primera”, cuando entonces –detalla- “las había pero eran muy ligeras; había una persona que las hacía en la Galeana, le encargué, nunca me la hizo, luego un compañero que también decían que las hacía, también le encargué, nunca me la hizo, entonces dije ‘¿Por qué no?, yo la puedo hacer’”.

– Le voy a decir la verdad: cuando empecé a hacerlas en forma me iba al mercado y con las cajas de madera de melón, con esas empecé-, confiesa.

En casa entonces en La Villita, con una prensa, un martillo, una segueta, empezó don Jesús a elaborar las primeras plantillas para las monederas del transporte público, ya para las urvans, “ya me empezaba a sentir mal; dejé el trabajo y empecé a elaborar esto”.

– ¿Y supo cómo hacerle?

– Pues me las ingenié. Y sí, le gustó a mucha gente, le empezó a gustar a los compañeros, empecé a hacer una cajita, con una tapadurita atrás.

Monederas –también conocidas por algunos choferes como “marimbas”- para choferes de 20 centímetros, con las ranuras para mejer las monedas del pasaje, forradas con tela de alfombra –que empezó a comprar en 80, 40 pesos- para que no hagan ruido en las rutas, aquí resalta su creador que nunca van atornilladas a la estructura de las entonces combis, sólo iban –como a la fecha- adaptadas al espacio del tablero del conductor, “empezó a salir la urvan (que manejé un poco) y también pegaban, hacíamos unos cajoncitos”.

Ahora don Jesús –acompañado de becarios del programa Jóvenes Construyendo el Futuro, como Amando García Castro, Juan José Baloy Navarrete y Efraín Mejía Reyes-, además, crea para venta bases para las pantallas en los taxis.

– Ahora con redes sociales (Cajas Chilpancingo en Facebook), ¿Cómo va el negocio?

– Pues cada que sacamos un video se nos detona mucho, nos sirven mucho (los videos que sube) pero hay veces que el cliente es desesperado, hay veces que dicen “quiero una caja grande para mañana”, hay gente esperando atrás, tenemos clientes que nos están esperando de 20-25 días. Nos hemos tardado un poquito, no es de flojera, que ande uno por acá, por allá, sino es que tenemos otros pedidos, tenemos que sacarlos.

“Siento como que entrego algo mío”

Ya con 17-18 años radicando en esta colonia, don Jesús llegó con sus insumos y herramientas con la idea de que, también aquí, continuaría la hechura de las monederas –que ahora le encargan también para establecimientos comerciales-, ahora comprando madera en aserraderos cercanos, “empezamos a hacer diseños, para estéreo de pantallas, arriba del tablero, las tradicionales para una (urvan tipo) Toyota, pero hacemos para todo tipo de unidades; ahora les dicen ‘huevito’ el tipo de tablero, para urvan Nissan, también para (tipo) NV”.

Y de Chilpancingo, desde este taller se mandan las monederas a otras regiones del estado, incluso a otras entidades del país, “en todo Guerrero yo creo que sí hay una cajita; estamos haciendo unas para (Ciudad) Altamirano, se van a armar, se van a forrar. Hemos mandado para Tijuana, para Chetumal, o sea de frontera a frontera. Es una herramienta de trabajo, sobre todo, le sirve mucho al operador, para que se sienta a gusto en el volante, al cobrar”.

En filas para depositar monedas de 10 pesos (dos ranuras), de 5 pesos (también dos ranuras), de 2 y de un peso, don Jesús dice que se va adaptando hasta al tipo de necesidad del chofer a la hora de cobrar, “una caja normal la hacemos en un día”.

Hay más grandes, que llama de lujo, que les lleva más tiempo al ser más laboriosas, con pequeñas cajas con tapas que se corren en cortina.

Y es que lo deja bien en claro, para recordarlo: “no es una carpintería normal, es artesanal; se va haciendo poco a poco, con las medidas para que sean exactas. Han venido oficiales carpinteros que, en serio, en media hora avientan la toalla y renuncian”.

– ¿Será usted el único, en todo Chilpancingo, con este tipo de conocimiento?

– En el estado de Guerrero sí se lo confirmo. Pedidos tenemos, el transporte nunca se va a acabar, lo que hay que hacer es diseñar a los modelos de tableros que están saliendo al día.

Actualmente, don Jesús está en gestiones para que se amplíe este lugar y se haga de más herramientas, también para que pueda enseñarle mejor a los jóvenes; han pasado por aquí candidatos y hasta autoridades pero sólo a tomarse la foto, “no es por hacerle el caldo gordo pero el único que nos ha ayudado, lo digo bien, es el señor Héctor (Suárez) Basurto (actual diputado local)”.

– Alegre, contento, con ganas de seguir y ver mi proyecto avanzado, ojalá algún día nos hagan caso-, es el sentir de Jesús Hernández, “no es cualquier trabajo, mucha paciencia y dedicación para hacerlas; la verdad, cada que entrego una caja, siento como que entrego algo mío (dice aquí conmovido). Se hacen de corazón, la verdad sí me esmero para que se hagan; el cliente lo recibe de corazón, se sienten satisfechos con el trabajo”.

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