El bebé que ‘habla’ aduciendo palabras tiernas; el oso negro ‘jugando’ en un trampolín en el patio de una casa; las fotografías que, de estáticas, pasan a tener movimiento; esas ‘inocentes’ imágenes recientemente utilizadas –ojo, hasta para notas informativas, incluso de nota roja- para ilustrar algún acontecimiento; esas personas públicas relevantes, como la presidenta o el o la artista de moda, opinando sobre un tema polémico, o invitando a integrarse a una campaña de criptomonedas, acusando a alguien o hasta tomándose a broma, o tergiversando alguna postura, sobre tal o cual acontecimiento público.
Esas imágenes fabricadas con inteligencia artificial, falsamente inocentes, que pareciera que no hacen daño a nadie, empiezan a proliferar de manera más constante y libre, y mucho ojo: sin regulaciones actualizadas en legislaciones, a su vez, que se adecuen a los actuales tiempos, donde la generación de contenido en redes sociales está al alcance de prácticamente todas las personas que tengan un simple teléfono celular a la mano, y la creación artificial de escenarios, posturas y palabras ya no se limita sólo a las sombras entre grupos de misteriosos hackers, sino en entornos inimaginables: la escuela, la sala del hogar, o alguna oficina de cualquier instancia de gobierno, como puede ser también desde lo más recóndito de algún punto clandestino, para fines de propagación de engaño, psicosis colectiva o apología de delitos.
Ahora que, como las redes sociales, también el acceso a la inteligencia artificial está al alcance de millones de personas, cada una con sus propias opiniones y visiones sobre el mundo, también con sus posibles patologías, frustraciones o deseos reprimidos, por supuesto con sus particulares intereses, sean legales o no, se hace necesario atender las propuestas que ya se han realizado desde el Congreso del estado, pero también desde asociaciones civiles, sobre todo de derechos de las niñas, adolescentes y mujeres, donde se ha advertido que el mal uso de las redes sociales adaptadas al uso de inteligencia artificial puede ocasionar graves agravios a la estabilidad emocional de quienes hayan caído en las garras de delincuentes, extorsionadores, amigos o novios con afanes ‘de desquite’ que sean capaces de propagar engaño y descrédito con el uso de falsas imágenes o con palabras impuestas, creadas artificialmente.
También está el riesgo político: ante procesos electorales más agresivos y ambiciosos, el uso de la inteligencia artificial no regulada se puede volver un arma para generar confusión, falsos escenarios de descrédito y decepción; en el peor de los casos, un medio donde se puede ‘hacer hablar’ a la o el adversario, despotricando o hablando mal, o bien, de alguna persona, sector o tema en específico, como es sabido que ya se ha hecho con la presidenta Claudia Sheinbaum “promocionando” esquemas de criptomonedas o, más recientemente, ‘hablando mal’ del boxeador Canelo Álvarez desde supuesta mañanera.
En Guerrero se advierte un atraso en este urgente tema que, además de las instancias legislativas, debe tener la atención, colaboración y seguimiento de dependencias de gobierno, no sólo de seguridad pública o procuración de justicia, porque se trata de un riesgo de seguridad que no sólo implica al género femenino o a la clase política-gobernante, sino a prácticamente toda la población, más porque faltan tipificaciones, además de estrategias vigilantes y preventivas.