Mientras más regidores, síndicos, funcionarios medios y altos están replicando esa chocante tendencia del alcalde sustituto Gustavo Alarcón Herrera, en el sentido de verse como “ciudadano de primera”, rodeado de vehículos ostentosos y hasta ‘cuidadores’ que no lo dejan a donde sea que estén, lo que les ha impedido palpar de primera mano las carencias, las deficiencias y las urgencias sociales y urbanas, descuido es la palabra que sigue caracterizando a esta imprevista administración capitalina, llena –se ha reiterado, en medio del silencio comodino de actuales servidores públicos y prácticamente todos los sectores sociales- de aprovechados amnésicos, que se han olvidado incluso que, muchas de ellas y ellos, no hubieran ostentado el cargo actual de no haber crecido popular y políticamente la figura del joven perredista Alejandro Arcos Catalán.
Ahora, como es sabido de sobra, el partido del alcalde constitucional, impunemente asesinado aunque se quiera olvidar, fue relegado de la actual administración priista-panista, y quienes llegaron a sustituirlo –no sólo el actual primer edil sino además su primer círculo de asesores y hasta familiares que llegan a mandar más que el propio Alarcón-, continúan ‘eficientes’ no sólo haciendo trizas el legado y el recuerdo que dejó el joven político, sino –como se dice popularmente- ‘dándole en la torre’ a toda la capital.
Porque, tal y como se ha dicho y visto en las colonias y barrios de Chilpancingo, las deficiencias y los descuidos son ahora más palpables desde que Gustavo Alarcón –y todo su grupo de fallidos servidores públicos- ha asumido en la administración de esta ciudad, de por sí con recientes años registrando incompetencias en pasados gobiernos municipales –hay que recordar cómo dejaron toda la ciudad los ex ediles Marco Antonio Leyva y Norma Otilia Hernández- pero ahora –se ha reiterado y es increíble que nada cambie- sólo es cosa de salir unos metros en la vía pública para darse cuenta que incluso el actual gobierno sustituto se encamina a superar a sus antecesores, que no sólo se fueron del cargo en medio de la total intrascendencia, sino dejando infaustos recuerdos en las y los gobernados: el ex priísta, peleado con la entonces administración estatal, lo que le valió salir por la puerta de atrás, destituido de la alcaldía en medio de inéditas protestas sociales que afectaron a la población y al sector económico; la segunda, más reconocida hasta internacionalmente por aquella reunión junto a su esposo Diego Benigno, departiendo cómodamente con un confirmado líder regional del crimen organizado, otro hecho inédito en la vida electoral e institucional en este Chilpancingo que no se recupera del saldo de esa clase de gobernantes.
Ahora, en el colmo de la insensibilidad, la prepotencia y desidia en el ejercicio del servicio público, el alcalde sustituto y sus subalternos institucionales se encaminan a dejar un igual o peor antecedente gubernamental, esta vez por la inutilidad de unos servidores públicos que no instruyen nada, que ya no caminan las calles de la ciudad; que ya prefieren andar en camionetas blindadas, junto a guaruras –unos más disimulados, otros más ostentosos como el propio grupo que rodea a Alarcón Herrera-; todas y todos finalmente, agraviando la memoria de Alejandro Arcos y con ello dándole la motivación a un electorado que, desde ya a estas alturas, tendrá bien seguro el castigo en urnas a todo lo que huela a este ayuntamiento.