Chilpancingo busca un nuevo rumbo: ¿está surgiendo un liderazgo ciudadano?

Fernanda Olivares Quintero

Hay algo que se escucha cada vez con más frecuencia en las colonias, barrios y comunidades de Chilpancingo: la gente está cansada de quienes llegan a pedir confianza cuando necesitan el voto y desaparecen cuando la ciudadanía necesita ayuda.

El desencanto no nació ayer. Es el resultado de años de promesas incumplidas, de funcionarios que se alejaron de la gente y de políticos que confundieron el poder con privilegios.

Por eso hoy comienza a llamar la atención un fenómeno distinto.

Mientras muchos esperan un cargo para servir, hay quienes decidieron servir sin tener un cargo.

En ese contexto, el nombre de Raúl Arriaga Tapia ha comenzado a ocupar un espacio importante en la conversación pública de la capital guerrerense.

Sin ser funcionario público, sin administrar presupuesto gubernamental, sin ocupar un cargo de representación popular y sin formar parte de las estructuras tradicionales de partido o de poder, ha impulsado acciones comunitarias, encuentros vecinales, programas de apoyo social y una agenda permanente de paz, reencuentro, reconciliación y participación ciudadana a través de Sembrando Esperanza.

Y quizás ahí se encuentra la diferencia que hoy conecta con el sentir de miles de familias.

Porque en una sociedad profundamente lastimada por la desconfianza, la gente ya no pregunta quién tiene más recursos, sino quién tiene más autoridad moral. La ciudadanía observa.

Observa quién aparece únicamente en temporada electoral y quién ha permanecido cerca de la gente cuando no había cámaras, campañas ni votos de por medio.

Observa quién busca un cargo para ayudar y quién ayuda sin tener un cargo.

En una época donde la política enfrenta una severa crisis de credibilidad, comienza a crecer una exigencia ciudadana poderosa: que los próximos liderazgos lleguen con las manos limpias, la conciencia tranquila y una trayectoria construida en las calles, no en los acuerdos de escritorio.

Ese sentimiento se ha convertido en una demanda social.

Chilpancingo no necesita más protagonistas de la política tradicional. Necesita mujeres y hombres que entiendan el dolor de las familias, que conozcan las colonias porque las han caminado, que sepan escuchar porque han convivido con la gente y que tengan independencia suficiente para tomar decisiones pensando en el pueblo y no en intereses ajenos.

Por eso cada vez más ciudadanos se hacen una pregunta legítima: Si alguien ha decidido ayudar sin presupuesto, sin poder y sin cargo público… ¿qué podría lograr teniendo la oportunidad de servir desde una responsabilidad mayor?

La respuesta la tendrá la ciudadanía.

Pero el mensaje que emerge desde las colonias parece cada vez más claro: los tiempos están cambiando.

Y cuando una sociedad comienza a valorar la honestidad por encima de la encuesta y la propaganda, el trabajo por encima del discurso y la cercanía por encima de los privilegios, los liderazgos ciudadanos dejan de ser una posibilidad para convertirse en una esperanza.

Tal vez por eso, en medio de la incertidumbre que vive Chilpancingo, cada vez más voces coinciden en algo fundamental:

La ciudad no necesita políticos que aprendan a servir.

Necesita ciudadanos que ya demostraron que saben hacerlo con hechos y no palabras.

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