En viviendas donde se ejerce alfarería artesanal, en el municipio de San Marcos (Costa Chica de Guerrero), las niñas se van acercando a ver qué hace su mamá: sin palabras, sin explicaciones, se sientan, moldean y ‘hacen crecer’ ollas y cazuelas, “aunque sea fieritas”. En la colonia El Cuco, a las hermanas María Enedina y Teódula Mendoza Vázquez les tocó además irse al campo, tarecua en manos, para ayudar en la siembra de maíz y ajonjolí a su papá, don Leovigildo, mientras doña Eulalia (su mamá) trabajaba los dos tipos de barro, negro y rojo (de diferente consistencia), que traía (como aún lo hacen personas de la región) al río cercano de la comunidad también llamada El Cuco, barros que se acopian en rincones de casa, se mojan y mezclan, se moldean y se cosen en hornos construidos por las y los pobladores, que van resanando al desgastarse por uso o por contingencias naturales, como huracanes (como “John” del 2024) o sismos como del 2 de enero, que ha dejado a las hermanas sin continuar la producción que han mantenido en forma, como medio único de subsistencia y su familia, desde que tenían 20 años. “De ahí comemos: de las cazuelas y de las ollas”, dice Rosalina, vecina y pariente de las hermanas, que van a vender al zócalo sanmarqueño y tienen compradores que llegan directo a sus casas en este punto donde aún, por el temblor, persisten afectaciones en viviendas y otros hornos particulares, aquí donde se crea sin ni un aditamento mecanizado o eléctrico, sólo con práctica, esfuerzo (hasta al traer acarreando el barro) y lo que se ha tenido a la mano, como madera o cuero, “de aquí vamos sacando el sustento para los hijos, para los nietos, al esposo le ayudamos. Queremos que nos apoyen, somos la colonia olvidada”, dice María Enedina, ya con primera experiencia como expositora en Guanajuato el año pasado, única sanmarqueña en un encuentro nacional de elaboración artesanal en barro.
Pablo Israel Vázquez Sosa
Toda su vida en la colonia El Cuco, en la cabecera municipal de San Marcos, región Costa Chica de Guerrero, al ser la mayor, Teódula dice que creció viendo a su mamá, doña Eulalia Vázquez Joachín, trabajando –desde cero- la alfarería, oficio y medio de subsistencia desde hace décadas en decenas de familias de esta zona de la periferia sanmarqueña.
– Ella tenía unos molditos de barro, ahí extendía la ruedita y palmeaba, alisaba con el olotito y el palito; sacaba, tenía una tablita, una ollita que paraba aquí boca arriba, ponían una tablita y ahí se sentaban y hacían crecer, un cuerito de gamuza para hacer bien la orilla; le damos varias alisadas-, dice sobre el proceso de moldeado, siempre artesanal, nunca con aditamentos mecanizados o electrónicos, “con sus manos crecía las ollitas”.
Ollas, cazuelas y hasta sahumerio, a la misma usanza en elaboración, se elaboran en esta casa familiar de las señoras, como en tantas otras viviendas más de esta colonia, “¿Comales?, casi no hago porque se me parten mucho”, aclara doña Teódula, quien también especifica que su mamá elaboraba hasta jarritos de una oreja.
Se les pregunta si sabrán quién le enseñó el oficio, a su vez, a doña Eulalia, dicen no saber pero “cuando nacimos ya existía, dice (en referencia a lo que les decía su mamá) que desde las bisabuelas ellas sabían hacer y ella aprendió de ellas”.
Niñas campesinas, jóvenes alfareras
– Cuando nosotros nacimos ya vimos a ella, a mi mamá-, dice Teódula, quien reconoce que al principio no quería aprender el oficio y hasta sus 25 años empezó a aprender, “pero ya después que vi a mi mamá yo empezaba a hacer como le hacía ella, hacía palmeaditos los moldes y crecían las ollitas, aunque sea fieritas, como una va creciendo aunque sean feítas” salían esas primeras creaciones, “le eché ganas y hasta la vez, ya llevo 71 años trabajando”.
– Antes de los 25 años, ¿Qué hizo o de qué trabajaba?
– Del campo, con mi papá Leovigildo Mendoza Cortés, (sembrando) maíz, ajonjolí. Nos íbamos a limpiar con la tarecua, antes no usaban líquido (el químico para el proceso de siembra), a puro pulso con la tarecua.
Concluyendo la producción en esta casa, doña Eulalia se iba a vender a la cabecera municipal sanmarqueña, “ahí nomás en la calle, al corredor, todavía usé eso del corredor de Rodolfo Deloya, todo eso, pasaba la gente; ahorita ya cerraron, ahorita frente a la presidencia”, interviene la hoy también expositora –que más tarde lo detallará- María Enedina, en referencia al primer cuadro el municipio, “nunca tuvimos mercado”, dice en referencia a que su mamá y ellas no tuvieron puesto comercial.
– Antes, caminando-, recuerdan las hermanas sobre el traslado de esta colonia a la cabecera del municipio. Para dimensionar más o menos la distancia, ahora del zócalo a este punto, en camioneta del transporte público el tiempo es de poco menos de diez minutos.
“Y con chiquihuite”, recuerda Teódula, “las cazuelas boca abajo, los bastantitos de olla, también; yo creo que como una hora”, de camino, “íbamos descansando, estaba pesado por el barro”.
Cuando Teódula apenas le empezaba “era chamaca todavía, quizá como 12 años”, recuerda María Enedina, quien “aprendí cuando me casé, a los 21”.
También, antes de la alfarería, esta señora se iba al campo a ayudarle a su papá sembrador.
– También lo aprendí solita-, detalla, “veía (a su mamá) pero era una chiquitilla que no le daba importancia”.
– Yo veía, me sentaba, no hacía traste, me quedaba, (hacia) chiquitos los trastitos, aunque sea feítos los hacía, las cazuelitas. También trabajaba ella-, recuerda Teódula de su mamá, “uno se enseñaba porque uno miraba”.
Detalla María Enedina, para poner más en claro cómo se ha aprendido este oficio tradicional en su tierra: “también cuando empecé fui a traer barro rojo, negro; lo remojé, lo amasé, de ahí busqué unas ollitas pequeñitas, empecé a agarrar el molde, moldeé bien y lo sacaba….al principio no salen bonitas, salen feítas”, también reconoce esta señora, en este encuentro de Vértice en el patio de la vivienda familiar, donde tienen un horno de barro algo añejo.
– ¿A dónde mero se han ido por el barro?
– Desde las bisabuelas ya estaba ese barro en el punto de El Cuco, ahí está ese lugar, pasamos el río, de este lado del río, ahí está donde (se) saca el barro-, dicen ambas sobre la comunidad (no colonia, que es donde viven) de El Cuco, “ahí está el lugar grande donde sacas el barro rojo, de ahí, donde está el puente de salida de El Cuco, nos metíamos, allá está más negro (el barro); allá está retirado y es monte, ese es barro negro negro. Está cerquita”.
Admiten desconocer qué hace que haya puntos donde se extrae el barro rojo en un punto y negro en otro. Sólo dicen que el negro es más suave, mientras que el rojo es “más durito y se siente más suelto, ya amarra con el negro”.
– Nunca, hasta la vez-, aclaran a la pregunta de si se tiene que pagar algo por ir a extraer ese material, “no se paga”.
Los barros mezclados y los hornos después del sismo
Lo que sí hay, aseguran, es un orden para ir trabajando en puntos donde se permite, con el fin de que ‘se regenere’ el subsuelo y se garantice que haya más barro disponible, “para todo el que quiera hacer” alfarería.
– Donde escarbamos se cierra, se seca, (y) vamos a otro lado; se acaba allá también y volvemos donde mismo, donde ya habíamos sacado, volvemos a escarbar y sale igual-, detalla María Enedina, quien “antes, que estábamos joven” se traía a casa, cargando en la cabeza, una cubeta llena de barro, “ahorita es una cubetita”.
El barro colectado se echa y guarda en una esquina de la casa, “vemos que es muchito, le echamos agua, que se remoje bien, se va mezclando todo, siempre se mezcla, por eso mira cómo queda la cazuelita”, muestra María Enedina el trabajo ya concluido, utensilios de casa que tienen guardados aquí, en su vivienda.
Casada con Leobardo Solano, él campesino, “al año siguiente empecé”, reitera la señora, ella primer contacto en San Marcos para llegar a esta colonia de las afueras de la cabecera municipal.
Entonces Teódula también estaba casada y ya tenía dos hijos –actualmente campesinos-, ya soltera porque su esposo Félix Flores había fallecido, así que su papá le decía que se apoyara con el maíz que iba sembrando para la elaboración de las tortillas, “pero yo crie a mis hijos, con la escuela, con el puro barro; hacia mis trates, iba a vender y les compraba para comer, para vestirlos”.
Las hermanas, por su parte, crecieron con siete hermanos, tres varones y cuatro mujeres más, de las que dos ya fallecieron.
María Enedina, por su parte, tuvo cinco hijos, dos fallecieron de pequeños y le sobreviven tres mujeres, también sigue viviendo con su esposo Leobardo, “una es viuda; una trabaja en San Marcos, de casa, a hacer quehacer, otra también en San Marcos, otra la tengo ahí”, viviendo con ella porque, por cierto, su casa fue de las afectadas por el paso del huracán John del año 2024, lugar todavía más inhabitable por el sismo de la mañana 2 de este mes, de 6.5.
– Por cierto, ¿Cómo les fue con el temblor?
– Pasó bien feo, ya quería gritar. Me afectó en mi casa-, responde de inicio doña Teódula.
Al momento de esta plática, la semana pasada, las señoras revisaba y trataban de resanar sus viejos hornos, como éste en casa de Teódula, aunque utiliza también su hermana, cuyo esposo lo construyó cuando “estaba joven”.
Ahora, al paso del tiempo, “lo vamos remendando” porque la pequeña estructura se va desgastando o, como ahora, de pronto queda con afectaciones en casos de inundación (como en 2024) o de sismos algo fuertes, como el de este mes, “se desgasta, todo se le cayó, ve las varillas. Sirve, todavía quema”, además –menciona Enedina- “ya no tenemos (los recursos) para hacerlo, ningún apoyo”.
– No se quebró, (quedó) más o menos, pero ya está destruido-, detallan las hermanas sobre el estado actual de su horno, “así quemamos”, aunque reconocen que a veces sale ahumado su barro, “no está completo el horno, no te salen todas buenas, no están cocidas, están crudas”.
Doña Enedina, que percibió el sismo de 6.5 en su vivienda, detalla que después de conocerse los daños acudió personal de Protección Civil del gobierno municipal a tomar fotografías en viviendas y tomar datos de las familias afectadas, “pero hasta la vez estamos sin ni una respuesta, si van a ayudar, no van a ayudar, ahí estamos”.
“De ahí comemos: de las cazuelas y las ollas”
– Vivimos de esto, ¿De qué más?-, se queja María Enedina, “pasan huracanes y nada, ningún apoyo a nosotros. Somos la colonia olvidada porque no nos dan. Está el barro pero ahorita no hemos hecho, nomás esto nos quedó, las piecitas que quedaron aquí”.
Además de alfarera tradicional y vendedora de los utensilios, doña Enedina ‘debutó’ como expositora, fuera de Guerrero, de lo que sabe hacer. En concreto, llevó en agosto del año pasado para exposición y venta al municipio de San Miguel de Allende, estado de Guanajuato, “me invitó el Fonart (Fondo Nacional de Fomento a las Artesanías del Gobierno de México), nos mandaron invitación”.
Vino personal del área a El Cuco a buscar a tres personas, que a su vez escogerían a su representante, “me fui con la comisaria, la única que fui”, detalla la entrevistada, “allá nos fue bien, tuvimos los encuentros, bendito Dios que lo que llevé, todo, en un día, se terminó”.
Doña Rosalina, que se acercó a esta plática son sus vecinas y parientes, también quedó afectada en vivienda y horno por el sismo.
– Que nos ayuden con los hornos-, pidió finalmente doña Teódula, al recordar que el propio presidente municipal, Misael Lorenzo, les prometió material para rehabilitarlos.
“No cumple lo que dice, ¿Por qué queda mal?”, interviene María Enedina, “vienen a buscarnos, (dicen) ‘échenos la mano’, ahí andamos nosotros, ¿Por qué?, para que nos den el apoyo, pero nada. Pasan huracanes, sismos, y ningún apoyo”, también se lo recuerda a autoridades del estado y federales.
“De ahí vivimos, no tenemos de dónde para comer, de aquí vamos sacando el sustento para los hijos, para los nietos, al esposo le ayudamos. Queremos que nos apoyen”.
– No es chandera, es cazuela. Estamos sin nada, olvidadas, de ahí comemos: de las cazuelas y de las ollas-, interviene Rosalina, asegurando que “no tenemos para comer” y por eso la necesidad de continuar produciendo, para irse domingos o viernes al zócalo del municipio a vender, aunque también aquí, en sus respectivas casas, vienen de fuera a comprarles.









