SAMUEL GARCÍA SÁNCHEZ, brillando con el saxofón

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Algo pasó esa vez que, a sus 11, 12 años, su bien recordado maestro Ángel Bringas recibía instrumentación nueva -entregada por el gobierno estatal de Alejandro Cervantes- y un brillo le llamó la atención: era algo plateado denominado saxofón alto; “el instrumento te escoge a ti, no tú la instrumento”, dice este nacido el 23 de julio de 1973, en Chilpancingo, aprendiz con la maestra de la Escuela de Música Joaquina Ramírez, integrante de aquel nuevo concepto de marching band con niños y adolescentes que aún siguen en la música, debutando entonces en desfiles conmemorativos de la ciudad, prácticamente inaugurando las Jornadas Alarconianas de Taxco y presentándose en varias ferias y eventos en municipios. Terminando la prepa 1, a sugerencia de dos amigos ya en conservatorio, se va a la Ciudad de México primero a dos escuelas: la entonces Escuela Nacional de Música de la UNAM, por saxofón, y el Conservatorio del INBA, por flauta transversa, aunque se decidió por cursar los 7 años de Licenciatura en Saxofón en la ahora Facultad de Música de la Universidad, siendo parte de la primera generación de egresados, un estudio que además del apoyo de sus papás Samuel y Gloria fue solventando de estudiante con tocadas en fiestas en su ciudad, después en la Ciudad de México, integrando recitales instrumentales y jazzísticos, en México y el extranjero (Francia, Sudamérica); presentaciones junto al salsero Willie Colón, giras con el dueto Amanda Miguel-Diego Verdaguer, hasta empezar a dar clases particulares, hasta ahora, impartiendo cátedra en su Facultad de la UNAM y en iniciación en el INBA, alternando con sus dos proyectos de cuarteto, Anacrusax y Saxtlán, con los que tiene tres discos. De salsa a cumbia; de jazz, mambo a las big bands; de “cosas raras” a klezmer judío, la incursión tan variadamente musical de este saxofonista chilpancingueño se da, básicamente, porque se trata primero de un apasionado melómano; después, de un permanente gustoso del saxofón alto y sus variantes en sonido y tamaño; sobre todo, de un disciplinado que además, si se impone 15 minutos de ensayo, acaba en cuatro horas, que aún siente nervio antes de subir al escenario, y que llama mágico todo lo que le genera éste, el instrumento de su vida que nunca va a acabar de conocer, “llega el punto en que te sales de ti y simplemente tocas”.  

Pablo Israel Vázquez  Sosa

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Empieza sonriendo este joven músico de la capital cuando se le pregunta por qué no otro instrumento musical y por qué sí el saxofón, “algún amigo decía en la escuela que el instrumento te escoge a ti, no tú la instrumento. En mi caso fue así, desde que iniciamos en la escuela de música en Chilpancingo con el maestro Bringas, por ahí del año ‘85”.

Acompañado de otro alumno del recordado maestro Ángel Bringas García, el periodista y además saxofonista Baltazar Jiménez Rosales –enlace él para la realización de esta plática, en una de las visitas de Samuel a su ciudad natal-, el entrevistado detalla que fue en el periodo gubernamental de Alejandro Cervantes Delgado que inició la travesía, ya más formal, en la música y en concreto en este el instrumento de vida.

El entonces gobernador del estado “compró instrumentos e hizo una muestra el maestro Bringas, sacó los instrumentos, y me acuerdo cuando sacó el saxofón, brilló, y el hecho de que brillara el instrumento -era plateado-, desde ahí me atrapó. Desde entonces escogí el saxofón”.

Aquella primera generación marching band

Conocido también por ser, además de ahora conocedor y maestro, un gustoso de la música en general, Samuel dice que alguna vez su mamá le contó que él, de 3, 4 años, “me traía los domingos, creo, aquí al kiosko, al zócalo, donde tocaba la Banda del Estado; dice que la pasaba ahí, encantado, bailando, aplaudiendo…yo supongo que desde ahí me gusta”.

– ¿Hay o ha habido alguien en tu familia que se dedique a la música?

– A mi papá Samuel García le gusta mucho la música, por eso me inscribió-, dice del señor, nacido en Iguala “pero vive aquí toda su vida, trabajó en el IMSS”, y quien ahora está aprendiendo a tocar el teclado.

Con cuatro hermanas, él siendo mayor, todos se integraron a la escuela del maestro Bringas, “todas tocan algún instrumento, ellas se dedicaron a otra cosa, yo me fui a estudiar a la Ciudad de México profesionalmente”.

– Fue con el maestro Bringas donde fue todo-, detalla, al recalcar que antes de integrarse a esa escuela, a los 11, 12 años, no tenía nociones de instrumentación, “estábamos donde está el teatro ‘María Luisa Ocampo’, en la (Escuela Estatal de Música ‘Margarito) Damián Vargas’, ahí empezamos, ahí fue siempre todo, en las rotondas que hay arriba ensayábamos con la banda”.

Samuel dice que no está tan seguro, pero supo que su maestro estuvo en los Estados Unidos y por ello trajo el estilo grupal de marching band, esos conjuntos multi instrumentales populares –por ejemplo- en juegos de futbol americano o en desfiles estudiantiles en aquel país, queriendo hacer algo parecido con sus jóvenes alumnos, todos, por lo regular, sin conocimiento musical previo y de variadas edades, desde los 8 años hasta la adolescencia, o incluso un poco más mayores, “después de tres, cuatro meses de trabajo intenso hicimos el debut de la banda en uno de los desfiles, no sé si fue el 20 de noviembre, algo así, y todos los chamaquitos, desde los 8, 9 años, hasta 15 tal vez, desfilamos con la banda”.

– Conocido multi instrumentista el maestro Bringas, ¿Cómo fue aprender con él?

– Independientemente de que fuera un gran músico, era un gran ser humano, ese humanismo nos lo contagio a todos, era como un abuelito al que todos queríamos; era estricto en su momento pero eso hacía que lo respetáramos, también hizo que los resultados que hubo en tan poco tiempo fueran tan buenos.

Así que en cuatro meses, esa denominada Banda Juvenil de la escuela de Ángel Bringas ya había armado melodías y estaba tocando ante público, “nos llevaban a las Jornadas Alarconianas, a la Feria de la Plata (ambos en Taxco); a Acapulco, al desfile de la Nao de China, creo casi todo el estado lo recorrimos; (primero) tres meses de lo que se llama solfeo, para poder aprender, y después como otros tres, cuatro meses de la práctica instrumental, de aprender cómo se ponía una nota, cómo se separaba, cómo se ponía una boquilla, después de eso ya hubo el debut”.

– Eran muchos, no me acuerdo de todos-, dice Samuel, a la pregunta de quiénes estarían en aquella, la primera generación de banda juvenil tipo marching band en la capital, que llegó a integrarse de alrededor de 50 personas, empezando incluso con unos sesenta y tantos, muchos de los cuales continúan en el ámbito musical, precisamente como él y como su compañero –presente en esta plática- Balta Jiménez, recordando a Edgar el clarinetista de conservatorio, que hoy vive en Oaxaca; José Artemio, también de conservatorio; Eustaquio Zúñiga; Leonardo Gregorio Castro, percusionista, “hay varios”.

Ambos, fuera de grabación, recordaron al recientemente fallecido Julio Vega; contemporáneos y pioneros todos ellos de lo que implementó Ángel Bringas, entonces novedoso, en Chilpancingo.

– ¿Qué recuerdo te deja a la fecha Ángel Bringas?

– Te digo, fue como una especie de abuelito que queríamos; yo creo que si él no hubiera llegado a la ciudad, a Chilpancingo, no me hubiera dedicado a esto, no sé qué.

En la Facultad, especializado en saxofón

– ¿Qué sentías cuando te ibas adentrando a tu instrumento favorito?, ¿Cuando lo entonaste por primera vez?

– ¡Un chillido seguramente!, ¡Seguramente la primera vez no me salió porque es difícil!, recuerdo que no me salía el sonido.

También recuerda a su profesora Joaquina Ramírez Pacheco, entonces parte de la banda del estado y a quien por cierto ha visto en la Ciudad de México, porque de hecho “a algunos maestros de la banda los contrataron para dar clases en la escuela; ella fue mi primer maestra, la que me enseñó, es saxofonista ella; teníamos un método en la escuela, empezábamos con notas muy sencillas, era como una lección y al final venía una pequeña cancioncita, canciones tipo marching band de Estados Unidos, era el método que traía el maestro; el propio maestro Bringas hizo algunas marchas y tocábamos su música también”.

– Ahí iban los chamacos con el maestro, fuera del estado, ¿Eran traviesos cuando estaban juntos?

– (Le piensa) Chamacos, ya sabrás-, y ríe Samuel.

Entonces estudiaba en la primaria “Fray Bartolomé de las Casas”, siguió la secundaria “Raymundo Abarca Alarcón”, después la preparatoria 1 de la Universidad, “antes de que me fuera a la Ciudad de México ya unos compañeros se habían ido, te mencioné a Edgar y a José Artemio, se fueron como un año antes de que yo me fuera”.

A la par, teniendo un problema bucal, Samuel también iba a tratarse medicamente a un hospital de la capital de país, así que cuando iba veía a sus amigos durante unos días, “iba al conservatorio y en ese tiempo fue cuando decidí irme a estudiar, entre los 18, 19 años”.

– ¿Qué opciones de escuela había para estudiar lo que querías?

– En ese tiempo la única escuela que ofrecía una carrera de saxofón es la Facultad de Música de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México), en ese tiempo se llamaba Escuela Nacional de Música; en el Conservatorio no había.

Lo que sí hizo fue aplicar el examen de admisión en dos escuelas, “por cualquier cosa”: la Facultad de Música y el Conservatorio del INBA (Instituto Nacional de Bellas Artes); uno en saxofón, el otro en flauta trasversa, “y me quedé en las dos, entonces durante dos años estuve en las dos escuelas, pero están muy lejos una de la otra, al final de cuentas decidí dejar una; dejé el Conservatorio y me quedé en la Facultad de Música porque ahí es donde había saxofón”.

– ¿Ha sido costosa la carrera formal en la música?

– Es caro vivir, en este caso pagar una pensión, alimentación y eso sin una beca, en ese tiempo no había tantas becas ni tanto apoyo como ahora.

Así que en este lapso contó con el apoyo de sus papás, aunque después llegaría incluso a empezar a trabajar, como dicen los músicos, en el hueso para fiestas particulares en Chilpancingo, “regresaba los fines de semana a tocar”, ya cuando aquellos jóvenes de la generación Bringas empezaban a armar proyectos por su cuenta, sobre todo en el gusto de la mayoría –incluso de Samuel-, que era la música tropical. El maestro Ángel no integró ni dirigió esos grupos, aunque sí llegó a apoyar en algunos ensayos.

“Nos gustaba tocar, disfrutar y pasarla bien”, recuerda aquí junto a su amigo Baltazar. Les gustaba, además de que siempre tuvieron a la mano aquellos instrumentos, por lo regular dejados en un cuarto tipo bodega, ocupando por ejemplo algún bajo eléctrico, algún amplificador, aquel saxofón plateado que, no descartan, aún esté a resguardo en la Escuela de Música.

Por cierto, empezándose a conformar fue el callado, pero genio musical, Felipe Cruz, quien sería una especie de director musical de esos novatos músicos que se iban fogueando poco a poco en los escenarios, que daría paso al denominado Súper Grupo Musical Bringas.

– Para quien quiera hacer lo mismo que tú, ¿A qué se va a ‘enfrentar’ un interesado en aprender música de manera ya más académica?

– Ahorita tengo un estudiante que también es de aquí, se llama José María Zepeda; está a punto de titularse de la Licenciatura en Saxofón en la Facultad de Música; él se fue desde chavito también…como todo, puede ser muy difícil, pero hay maneras y medios. Hay muchos tipos de apoyos, en la misma Facultad hay dos, tres becas que están haciendo.

Eso sí, “si te dedicas a esto, tienes que dedicarle 100 por ciento. Cuando iba a la escuela llevaba mis materias en la mañana, si tenía tiempo libre me iba a estudiar el instrumento a la hora de comida; a veces me tenía que ir a la otra escuela, al Conservatorio, estudiar allá las clases; regresar a la otra escuela, estudiar…te la pasabas estudiando todo el día, de eso se trataba, se necesita mucha disciplina”.

En la Facultad de Música de la UNAM, donde ahora ya trabaja dando clases, para titularse se pasa por tres años propedéuticos, así como cuatro años ya adentrados de lleno a la Licenciatura. En total siete, para solo un instrumento; su mecánica y conformación es todavía otro campo de estudio. Y dice que en el Conservatorio son 9 años para una Licenciatura.

– Para un solo instrumento, ¿Pues qué tanto se le estudia?

– Van saliendo nuevas técnicas y nuevas posibilidades; es el mismo diseño pero conforme van pasando los años se le agregan cosas, llaves; se descubren nuevos efectos, todo eso hay que estudiarlo.

De cumbia al klezmer; de música clásica a Willie Colón

Así que, recalca Samuel García, “desde que tengo uso de razón, 12, 13 años, trabajo en la música más por gusto que por otra cosa”.

– El saxofón entra en muchos géneros-, detalla el entrevistado, “en la música sinfónica es donde no hay una plaza como tal de saxofón, pero hay muchas obras y muchos conciertos”.

– Si empezaste aquí con música versátil, ¿Qué géneros abarcaste de inicio, y a la fecha, en la Ciudad de México?

– Allá es escuela formal de música donde se estudia, digamos, la formalidad; cuando entré no había, pero después llegó un maestro que nos da la posibilidad del saxofón clásico, el saxofón en orquestas sinfónicas, en conciertos sinfónicos, toda una gama, un mundo.

Un mundo de diversas variantes, con géneros desde cumbia, salsa, jazz, big bands, folclórico.

Llegó un momento en que además de la escuela, Samuel empezó a incursionar en recitales y conciertos, incluso en trabajos que, como aquí, le significaban ingresos de dinero, “trabajé mucho tiempo en grupos de salsa y merengue, me gustó mucho; llegué a tocar con un salsero, Willie Colón, también llevé la otra parte de la música formal”.

– ¿Cómo llegaste a tocar con el reconocido Willie Colón?

– Hubo unas audiciones, en un tiempo –no recuerdo cuánto- se vino a vivir a la Ciudad de México, abrieron un bar-restaurant, hubo audiciones y fui. Fue poco, porque estuvo poco tiempo, tres o cuatro meses. Una big band de salsa con cuatro saxofones.

– También con Amanda Miguel-, se mete aquí Baltazar Jiménez, a quien desde antes se le sugirió hacer preguntas u opiniones si quería.

– Muchos años después, por medio de un amigo de la escuela, necesitaban metales, nos llamó a algunos para hacer un show nada más en el Auditorio Nacional, pero les gustó y nos quedamos, estuve como ocho, nueve años tocando con ellos, con Amanda Miguel y Diego Verdaguer, el show fue juntos. Fui como 20, 30 veces, creo, a Estados Unidos.

Egresado el 11 de septiembre del 2003, para entonces Samuel trabajaba, mantenía y aumentaba sus contactos, y es que como egresado “puedes hacer muchas cosas, depende tu interés de meterte en muchas cosas; cuando era estudiante tocaba con medio mundo, todo mundo me decía ‘¿Quieres tocar?’, ‘sí’, de ahí salen más y más oportunidades, te van contactando y conociendo”.

Desde entonces Samuel daba clases particulares, actualmente es maestro en la Facultad de Música y en una escuela de iniciación del INBA, además ha integrado una orquesta de saxofones, “eso es nuevo, somos como 14, 15 saxofonistas”. Y de ahí, incursionando en variadísimos géneros, hasta tocando para músicos que tocaban klezmer para la comunidad judía en la Ciudad de México.

A la par, por supuesto, adentrándose más a este su instrumento que cuenta con otras ocho variantes. El suyo, en el que se especializa, se llama Saxofón Alto, “digamos que de los más comunes; hay uno más chiquito que se llama Soprilo, uno más grande que se llama Contrabajo, que necesita llantitas de tan grande”.

– ¿La música bailable, tal vez evocando aquellos inicios, será tu género favorito?

– Me gusta todo: la música clásica formal, tengo muchos héroes ahí; el jazz también, el merengue que hace Juan Luis Guerra, por ejemplo, ¡me gusta la música!, me gusta tocar, me divierto tocando.

Salirse de sí mismo entre notas y música

Actualmente, además, Samuel está integrado a dos cuartetos de saxofones -con compañeros de escuela y algunos ex alumnos- Anacrusax y Saxtlán, cuyas piezas musicales se pueden ver y escuchar en espacios de redes sociales como youtube, además de que ya produjeron discos, dos con el primer mencionado y uno con el segundo, sobre todo de música representativa, aunque también hay bailable como algún mambo de Pérez Prado o alguna cumbia, como Jugo de Piña.

Con esas dos agrupaciones Samuel ha recorrido gran parte del país, en festivales diversos; hasta Europa, concretamente a Festival Internacional de Música Universitaria, en Francia, en dos ocasiones, además de ciudades de Estados Unidos, hasta Sudamérica (Argentina, Uruguay, Perú, además de Republica Dominicana y Costa Rica) ha llegado con su saxofón alto; por supuesto, en las salas más importantes de la Ciudad de México, “cada vez hay más y más chicos interesados, hay gente que ahora se está yendo al extranjero”.

– Si se pudiera hablar de una buena camada de recientes saxofonistas mexicanos, ¿Se te podría mencionar a ti?

– Lo que podría decir es que fui de la primera generación de saxofonistas titulados en el país, en una escuela formal, junto con otros compañeros; en la UNAM, por lo menos, sí, no había ningún titulado.

Cinco fueron los titulados esa vez, en su generación; no detalla cuántos habrán ingresado pero dice que eran muchos y no todos llegan a concluir, “es difícil, difícil el ciclo de tres años, después hacer un examen con sinodales para hacer la licenciatura, después terminar tu licenciatura y hacer tu proyecto de tesis, porque no sólo es tocar, tienes que hacer un tipo de investigación, o alguna cosa afín, y enfrentarte a un jurado y titularte”.

– Desde el punto de vista monetario, ¿Se vive de la música y de este instrumento?

– Claro, sí. Como músico no vas a ser millonario pero puedes vivir dignamente, sobre todo me gusta lo que hago.

Arreglista para cuartetos de saxofón, Samuel cuenta ahora en casa con cinco tipos de saxofón: además del alto, tiene un sopranino, un soprano, un tenor y un barítono.

– ¿No descartas llegar a dar clases en Chilpancingo, más a futuro, como tu maestro Bringas?

– No sé, la vida te lleva a lugares donde no sabes, ahorita estoy enfocado allá  porque mis trabajos están allá, mi vida está allá, mi esposa está allá, pero no puedo decir que no.

– ¿Básicamente a que vienes a Chilpancingo?

– A ver a mis papás, vengo dos días-, dice de don Samuel y de Gloria Sánchez, su mamá también trabajadora del IMSS.

– ¿Aún sientes nervios antes de subir al escenario?

– Sí, siempre hay, es parte de. Lo importante es que conforme vas tocando y pasando el tiempo controles los nervios.

– ¿Y cuando estás en escenario, ‘te pierdes’, piensas en la siguiente nota?

– Llega el punto en que sí te sales de ti y simplemente tocas…no siempre se logra, pero sí.

– Fuera del autohalago, sin llegar a ser presuntuoso, la verdad, ¿Eres competente en lo que haces?, ¿Podrás considerarte un buen saxofonista?

– Digamos que tengo disciplina, y trabajo fuerte. Si no tienes disciplina, no funciona, sobre todo en un instrumento como este, si dejas de tocar un día pierdes la embocadura. Cuando era estudiante eran como 8, 10 horas, todo el día, de estar tocando, ahora tal vez no tanto porque te dedicas a otras cosas.

– Desde aquel chamaco impresionado por el brillo del saxofón, a la fecha, ¿Sigues queriendo al saxofón y su sonido?

– ¡Me gusta más!, porque conozco más estilos, más técnicas, todo lo que se va creando, también conforme escucho a mis estudiantes voy conociendo otras cosas, también aprendes un montón, tengo alumnos desde niños hasta adultos.

El saxofón, la música, las artes en sí, como medio de recomposición social, asegura Samuel, “cuando un instrumento te apasiona dejas cosas, como drogas y esas cosas; te apasiona tanto que estás todo el día tocando, cuando te das cuenta ya es de noche; de verdad te apasiona, te lleva, una cosa te lleva a la otra, ‘ya me salió esto, ahora voy a ver esto’, que no sale, ‘voy a estudiarlo más’, ‘escuché a aquel, me gusta cómo tocó’. Te apasiona”.

– ¿Te has llegado a hartar, a aburrirte, a chocarte, de tantas horas ejecutando el instrumento?

– Te puedes llegar a cansar de la boca, de tanto tiempo de estar tocando, pero aburrirte, no. Me pongo a estudiar, según voy a estudiar un ratito, porque tengo 15 minutos…veo la hora y ya pasaron cuatro horas; se supone que voy a comer, no comí y me sigo tocando, y ya pasaron otras dos horas. Es como mágico.

– En soledad, en casa, de gusto, ¿Qué música escuchas?

– Híjole, desde cuartetos de saxofones hasta cumbias, pasando por merengue, música contemporánea, efectos y cosas raras, escucho muchas cosas.