CESÁREO HERNÁNDEZ BELLO, el cronista del legado por descubrir

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Este tixtleco hijo de campesinos, nacido el 25 de febrero de 1933; profesor de carrera por más de 32 años, prácticamente cronista empírico por iniciativa propia al jubilarse, no sólo estudió seis años en el Seminario Conciliar de Chilapa, sino ya estaba previsto para irse a Roma para concluir su formación sacerdotal; estaban por hacerle la tonsura (ese corte de cabello característico de los nuevos integrados a la vida clerical), pero se negó; “tengo duda”, dijo esa vez, para ya no regresar, aún con el enojo de familiares como su hermano Teodoro, entonces sacristán en Tixtla. Dice que no tenía vocación y que lo suyo era ser maestro, “(de seminarista) aprendí que lo que se aprende se debe dar a conocer a quienes lo necesitan”. Profesor en escuelas de Chichihualco, Chilapa y Omeapa –pueblo tixtleco-, en donde empezó a gestionar obra social como una carretera, estando en la cabecera municipal murió su hermano, quien guardó y dejó documentación de antepasados como los tenientes coroneles, sus bisabuelos Bernabé Bello y Juan José Bello, así como su tío Vicente Jiménez, divisionarios revolucionarios combatientes de la invasión francesa; y de la historia familiar, a consultar archivos históricos sobre regiones del estado y las ocupaciones españolas, también los antecedentes prehispánicos y las primigenias familias cohuixcas de Teoixtla que, ya evangelizadas, fueron a comprar la imagen de la Virgen de la Natividad, tan venerada actualmente; investigador además de origen del son de tarima en su tierra -vinculado con la Costa Chica y Tierra Caliente-, dice que porque se han apropiado indebidamente de sus datos e investigaciones no ha dado a conocer lo que tiene guardado en casa, “mi caja la tengo como si fuera un tesoro”, aunque siente “muy horrible” que no pueda publicar tantos incluso secretos históricos que aún no ha revelado, por eso ha refutado hechos del pasado sobre –por ejemplo- compositores y revolucionarios en la ciudad, unos porque –dice- han robado canciones y otros porque robaron a la población, como a su padre Anastasio, datos que sostiene como la verdad, de la que “nomás sabemos la mitad”, asegura este tixtleco, quien cuando le llegan a refutar sus investigaciones descubiertas y comprobadas responde: “prepárese mejor para que platique conmigo”.  

Pablo Israel Vázquez  Sosa

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“Dependo de gente campesina”, dice este profesor, ahora cronista de su ciudad, evocando a sus padres Anastasio Hernández Bello y María Bello Galán, “tixtlecos originarios”.

Del barrio de San Lucas, entrevistado a las afueras de su casa, recuerda que su primer aprendizaje académico fue a través del silabario, con una señora que vivía en la calle Ignacio Manuel Altamirano, “entré a la escuela de 7 años. Mi padre sabía escribir pero no sabía leer, mi madre sabía leer pero no sabía escribir. Ellos tuvieron seis hijos: Teodoro, Crescenciano, Otilio, Timotea, Juana y yo, fui el último”.

– Tenía que ir con él-, responde sobre si se iba con su papá a hacer labores del campo, en los alrededores, aunque don Anastasio no se lo pedía, “iba atrás de él y veía cómo sus peones se dedicaban a sembrar chile de huerta, melón, sandía, en el cerro que se llama Temalacatlalco, así le llamamos al zanjón”.

Él entonces de 6 años, entre los juegos con los vecinos y entre el espantar de los zanates y cuervos en el campo, para proteger los sembradíos.

El casi sacerdote que prefería ser maestro

En sexto año de la primaria “Ignacio Manuel Altamirano” en 1945, un hermano mayor, Teodoro, se acercó para decirle que ya tenía prohibido asistir a esa escuela, cuando –recuerda- ya había sido seleccionado para formar parte de la banda de guerra del plantel, él con el tambor, “mi hermano trabajaba como sacristán de la parroquia”.

– Te vas a ir a estudiar a otro lugar-, le dijo el hermano mayor al jovencito Cesáreo, quien ya tenía la idea de, egresando, irse a estudiar para maestro en la normal rural de Ayotzinapa, “yo no quiero salir sin terminar mi sexto año”.

Pero ya estaba tomada la decisión: el entrevistado se iba a ir sin concluir la primaria al Seminario Conciliar de Chilapa para volverse en cura. Dice el entrevistado que, tal vez, su hermano vio que los sacerdotes vivían bien y tenían atenciones, por eso lo habría enviado a aquel lugar, así que “tuve que obedecer porque era el hermano mayor. Me llevó a Chilapa por interés de él”.

Viviendo completamente diferente a su habitualidad en Tixtla, se adentró allá hasta en el estudio del francés, el latín y hasta el griego y Filosofía, así durante seis años, ya con su futuro casi definido, dice que hasta previsto para irse a Roma…pero finalmente decidió salirse.

Aún recuerda al canónigo Constantino Arizmendi y aquella plática, en el Seminario Menor, que definiría el rumbo de su vida. Dice que para empezar se negó a que le hicieran la tonsura, ese corte característico en la coronilla de la cabeza que significaba su ingreso a la vida clerical, consagrada a Dios. “Tengo duda”, dijo aquella vez.

Aunque le gustó mucho todo lo aprendido en el seminario, incluso aunque nunca reprobó alguna materia aún en un régimen de orden casi militar, el profesor Cesáreo dice que no tenía eso que llaman la vocación, eso que –a su decir- se debe tener para cualquier ámbito profesional y de la vida, “que sea una cosa que nazca”.

Estaba por salir de vacaciones con los demás estudiantes y el canónigo les dijo que si había alguien que estuvo a la fuerza en el seminario, ya no regresara; también, si tenían familiares que ya no los aceptaran, se regresaran para que les garantizaran seguir estudiando. Entonces, con las dudas en su ser, Cesáreo tuvo aquella plática con su Señoría. “Me voy a salir”, dijo sin rodeos, “iba a cumplir 18 años”.

Recuerda aquí a los compañeros seminaristas que se irían con él a Roma: Neftalí Bello, Blandino Bárcenas, Francisco López y José Ocampo, entre otros dos o tres más.

– ¿Cuál era entonces su plan de vida, don Cesáreo?

– Mi plan de vida era ser maestro. Allá (en el seminario) aprendí que lo que se aprende se debe dar a conocer a quienes lo necesitan. En ese tiempo había pocas escuelas, la única escuela que estaba era la “Guerrero”, la “Altamirano”, y nacía apenas la “Morelos”, el internado (el actual “Adolfo Cienfuegos”) fue después.

Del Instituto de Capacitación, a dar clases

– Cuando salí de allá  tuve muchos problemas con mi hermano mayor, con mis padres, con mis tíos…me hicieron a un lado, me desconocieron-, recuerda este tixtleco.

Incluso antes de dejar el seminario, dice que el canónigo lo puso a leer una carta, escrita por su hermano Otilio y enviada por Teodoro, solicitando que Cesáreo tuviera prohibido vacacionar y llegar a su casa en Tixtla, “eso me hizo hacer que le dijera al canónigo que no estaba dispuesto a continuar, que me disculpara porque iba a abandonar el grupo”.

Aún con la oposición, recuerda, de sus propios compañeros seminaristas, “Chayo, no te vayas”, le decían, “yo no soy para esto”, respondía el joven.

Recalca que ya tenía el sueño de tener un documento que lo avalara como maestro “y que sirviera a mi país y a mi estado, donde me mandaran”.

Desconocido en casa “tuve que vagar en mi propia tierra, dos años perdí, de arriba pa’ abajo; iba al trabajo de la huerta, del maíz, agarrando la yunta, sembrábamos cebolla, decía ‘me gusta esto, pero es muy pesado’”.

Un señor, Pedro Rodríguez, supervisor educativo, lo invitó a irse al área escolar donde laboraba, ante las dudas del joven Chayo, que no tenía papeles que lo avalaran como maestro de algo, “lo que tú conoces no lo conocen los muchachos de aquí”, le dijo don Pedro, “tengo confianza de que lo que vas a enseñar, lo vas a enseñar muy bien porque tienes una preparación”.

Para eso, en efecto, requería un certificado y por ello hizo examen de admisión en la prevocacional del municipio; egresó e intentó estudiar en la normal de Ayotzinapa, en donde se quedó como lo que llama “sobrecargo”, una especie de alumno externo; meses después se le notificó desde la Ciudad de México que no podía quedarse como alumno regular en el plantel. Eso fue en 1957.

Hasta que al siguiente año llegó otro supervisor escolar, éste de Chilpancingo, Domingo Adame Vega, quien al saber que ya tenía el certificado de la secundaria lo vinculó al Instituto de Capacitación del Magisterio, ya titulado, después lo invitó a irse a su zona educativa laboral, “me mandó a Chichihualco”.

Y en concreto, a una escuela cerrada porque se había asesinado al profesor; el lugar era El Naranjo.

Por cierto, entonces el entrevistado ya tenía esposa, la señora Margarita Navarrete Astudillo, hoy fallecida. En esos años, todavía sin hijos.

Aunque “estaban en un pleito muy grande” en aquella comunidad, finalmente fue aceptado y el nuevo maestro no sólo se limitó a dar clase en las aulas, prácticamente todo el día durante tres años, sino además vinculó a los pequeños con otras escuelas en la cabecera municipal de Chichihualco y hasta de Tixtla para que continuaran estudiando sobre todo para maestros.

Tuvo la oportunidad de irse a dar clases a la costa, pero prefirió ser enviado a dar clases a algún lugar de la zona Centro o La Montaña del estado, “me paguen lo que me paguen”, así que llegó a Tlaxinga, una comunidad de Chilapa, donde después de tres meses “me mandaron más abajo, a Cuautenango” del mismo municipio, ahí durante tres años.

De ahí, a la comunidad de El Peral, también Chilapa; hasta que llegó a la escuela “Nezahualcóyotl” de Omeapa, este pueblito ya de su municipio natal, “¿Qué cosa voy a dejar aquí?”, pensó cuando ya percibía que sería cambiado a alguna zona urbana a dar clase, “mi cabeza estaba pensando lo que quería hacer”.

El maestro Cesáreo mandó a llamar a las autoridades comunales locales y a los padres de familia para proponerles la gestión en Chilpancingo, ante el gobernador Israel Nogueda Otero, de la pavimentación de un acceso a la comunidad, entonces pedregoso y que dificultaba el traslado de personas y de animales de carga, “quiero una carretera de aquí, Omeapa, al Plan de Guerrero”.

Con planos sencillos hechos por el maestro, sólo con la gestión de padres y representantes campesinos, sin mediación de otras personas más, se logró la obra que fue inaugurada por el propio gobernador….un evento para el que el maestro gestor no fue invitado, dice que “por venganza, envidia, soberbia”, del supervisor de zona, a quien estaba denunciando “por sus cochinadas que hacía, siempre le llevé la contra”.

Dejando obra en Omeapa es finalmente trasladado a dar clase en la cabecera municipal, en la primaria “Vicente Guerrero” de su tierra, aquí durante 14 años.

Un compilador de historia y costumbres de su tierra

– Se le conoce además por ser un compilador de documentación histórica de su municipio, ¿Ya había empezado esa tarea por entonces?, ¿Cómo surgió esa otra faceta suya?

– Cuando empecé a revisar todo lo que mi hermano dejó en la casa me di cuenta de documentos que eran de mis bisabuelos. Viendo eso se me empezó a meter en la cabeza “¿Por qué a don Vicente Jiménez el gobierno lo tilda de rebelde, alzado?”, me da esa inquietud. Empecé a buscar libros, en bibliotecas. (Jiménez) fue mi tío, de mis padres y mis tíos fueron primos.

Dice que lo más antiguo que guardaba su hermano Teodoro era documentación sobre el paso de los tenientes coroneles, y sus bisabuelos, Bernabé Bello Muñiz y Juan José Bello Salazar, éste que murió en el sitio de Querétaro de 1867, “fue con la división que llevó de Guerrero el general Vicente Jiménez. Combatieron a los franceses, representantes de Maximiliano (de Habsburgo)”.

Su hermano tenía de hecho más documentación sobre otros familiares, sobre todo de parte de los Bello, los López y Hernández, “la espada de mi bisabuelo que murió en Querétaro la tiene el ayuntamiento, ahí la entregamos en 1984”.

Teodoro Hernández, Moisés Ochoa Campos, el doctor Alejandro Sánchez Castro y el entonces diputado Emigdio Hernández Hernández –detalla el entrevistado- tenían el plan de compilar esa documentación histórica que sólo se encuentra en Tixtla, “de cómo fueron los hechos de guerra y que no fueron escritos de acuerdo a lo que hubo. Ellos empezaron a recorrer los domicilios de las personas que sabían que tenían documentos; mi hermano sabía mucho de lo que sucedió en Tixtla y todo el estado”.

Un proyecto que ya no se concretaría por el deceso de cada uno de esos intelectuales. Así que Cesáreo Hernández dice que básicamente continuó la compilación de información histórica un poco para honrar ese legado de su hermano.

Para eso ha recorrido bibliotecas hasta de fuera del estado, también se ha vinculado en la comparación de datos con historiadores, llegando a conocer cómo se iban diluyendo las regencias (como la última de Atilano Alcaraz en Tixtla)  y se conformaban ayuntamientos en la zona Centro del estado, como el primero en Mochitlán.

– Se sabe que tiene información de los primeros antecedentes del son de artesa en Guerrero-, se le comenta.

– Lo investigué, ¿Cómo es posible que Tixtla, Tierra Caliente y Costa Chica tuvieran el mismo movimiento para sus costumbres?, ¡hacen lo mismo!, aunque sea con instrumentos diferentes se refieren a la chilena, ¿Cómo llegó eso?

– ¿Qué tuvo que ver?, ¿La migración?

– No, fue el comercio-, dice el profesor Cesáreo, al evocar la internacionalización del intercambio de productos en lo que ahora es el estado de Guerrero, en concreto Acapulco, con las mercancías que llegaban de las Filipinas; después, de otras partes del continente, más al sur.

Dice que los primeros ‘puesteros’ comerciantes se instalaban en la playa ofertando loza, aretes o fruta, “para llamar la atención tocaban ellos sus cantos de por allá, y los que eran de aquí vieron”.

Revela incluso que hace años llegaron tres chilenos investigadores queriendo saber cómo llegó eso que se llama chilena en Guerrero, con base rítmica-instrumental de lo que tocaban marinos mercantes que llegaban desde aquel país al entonces Acapulco potencia en el comercio mundial, “por eso hice la historia, yo les llamo Las Tres Huastecas Guerrerenses: Costa Chica, Tixtla, Tierra Caliente. Eso (la música y el tipo de baile) cada quien se lo llevó a su lugar de origen: allá  en Costa Chica ocupan la artesa, una especie de canoa boca abajo, encima bailan; aquí (en Tixtla) se usa la tarima, allá  (en Tierra Caliente) hacen una abertura, le ponen tablas, primero eran bandejas, ahora son lebrillos, con el golpe suena como bajo. Su instrumento es distinto, en Costa Chica es el arpa, aquí también es el arpa y la vihuela; en Tierra Caliente es una tamborita, una trompeta, un violín”.

– ¿Con tanta información compilada, qué hizo con eso?

– Ahí lo tengo, todo eso lo tengo escrito, la cosa es que no tengo dinero-, dice el maestro tixtleco.

Un tesoro documental sin descubrir en casa

“Escribí la historia de la Virgen de la Natividad. Siete familias cohuixcas compraron la Virgen, las que estaban más cerquita a este valle; los cohuixcas, una rama de los aztecas que salieron de Aztlán, aquí radicaron en lo que es la parte baja de La Montaña, desde Chilapa, todo el río Balsas, aquí estaba abandonado”.

Ya evangelizados como católicos por parte de frailes agustinos, fueron al estado de Puebla a comprar la imagen de la referida Virgen; eso lo supo el maestro en sus recorridos metiéndose en recintos con archivos antiguos, conociendo además que el último “encomendero” de esta zona, junto a Mochitlán, Apango y Totolcintla, era un tal Martín de Ircio, soldado español premiado con tierras, pero explotando a los locales junto a su hija María, a quien dejaría su lugar. Don Cesáreo tiene papeles de lo que pagaba como “tributo” la gente de Teoixtla, o Teoixtlán, cuando la actual cabecera municipal era un llano inundable.

Incluso el entrevistado se iba a los cerros aledaños, en donde dice que encontró vestigios como un temoltzin de piedra.

También dice que Tixtla ha tenido varias definiciones etimológicas: Tixtlal, masa para hacer tortillas; también, Lugar junto al agua, “hay cinco o seis” definiciones.

Se acompañaba de gente académica con la que sabría que hay documentación histórica que de esta zona llegó hasta Europa, como documentos agustinos ahora en Alemania, “¿Quién lo vendió?, no lo sabemos”.

– ¿Ha hecho público todo eso que tiene compilado?

– ¡No señor, nada sale!, ni yo quiero que salga.

Asegura que para la divulgación de su información debe conocer un proyecto académico que valore y compile seriamente, además que coteje con miras a que se concrete alguna posible publicación que quede para las futuras generaciones.

Y es que ha tenido la experiencia de que todo lo que ha dicho, o parte de lo que ha compilado, se ha apropiado indebidamente por personas que publican como si fueran datos propios, “por eso ya no quiero meterme en esas cosas”.

– ¿Hay cosas que todavía no ha dicho en base a toda la documentación que tiene?

– Mucho-, responde, aunque actualmente dice que un sobrino suyo está ayudándole a pasar a texto de computadora parte de su información, que por cierto, “nomás sabemos a la mitad”.

– ¿Qué siente de tener tanta documentación importante que sin embargo permanezca guardada?

– Siento una cosa horrible, muy horrible. Mi caja la tengo como si fuera un tesoro, ahí tengo escondidos todos mis papeles, ya ordenado, para que se pase y corrijan algunas cosas.

Hasta entonces, dice, “se van a dar cuenta ustedes de tantas cosas que están ocultas pero que nadie sabe”.

Dejar legado y dejar verdad

Cesáreo Hernández estuvo, en total, 32 años y 6 meses en el magisterio, siendo Chilapa su último lugar de enseñanza, influyendo para eso algunas complicaciones en su salud, incluso una vez se cayó dando clases.

Jubilado, el maestro empezó a tallar la madera, haciendo y vendiendo artesanía, como argollas y llaveros, que evocaba a las tradiciones de su tierra.

– Un maestro-historiador.

– Pero, señor, yo no estudié Historia, la inquietud me hizo meterme en eso porque, ¿Qué cosa voy a hacer después de que me jubiló?, ¿Voy a estar nada más sentado?, tengo que hacer algo para entretener mi cabeza, y me metí en esos papeles: cómo se fundó mi tierra, cómo apareció la Virgen de la Natividad, cómo es la vida militar de don Vicente Jiménez.

Supo en este marco que revolucionarios como Julián Blanco o Cenobio Mendoza, entre otros muchos, como Julio Gómez y un tal Cobos, “venían nomás a robar a los ricos y a la gente pobre; a mi padre, ese Cenobio Mendoza, hizo que de su huerta cortara las sandías y se las llevara a su tecolpete y lo hizo subir a mitad de cerro, allá estaba su gente de ese hombre, para comer lo que no habían trabajado”.

– ¿Por qué a esas personas incluso se les ha honrado?

– ¡Porque no saben nada de Historia! Todo eso nadie lo platica.

Cuestiona incluso algunos aspectos de los murales en el ayuntamiento, obra de Gómez del Payán, que incluso llama “una porquería, hay muchas cosas que aquí no deberían de estar, ¿Por qué metieron a Juan Bello?, que porque hizo una canción, ¡no la hizo él, se la robó a otra persona!

Dice que esto lo ha dicho y eso le ha acarreado discusiones, como en Chilpancingo, “prepárese mejor para que platique conmigo”, ha dicho a quienes los cuestionan.

A los jóvenes de Tixtla, el profesor les sugiere interesarse por conocer sus raíces, algo que hace no sólo aquí, sino “en donde quiera”.

– ¿Qué le sugiere a las autoridades de gobierno?

– ¡Yo ya ni los tomo en cuenta, les importa más el dinero que todo lo que les digo!

“Que no se pierdan las costumbres que tenemos”, pide este profesor tixtleco; también, que la población se siga cultivando, porque de Tixtla se sabe “poquito nomás”.

– Casi casi es un cronista de su ciudad-, se le comenta.

– No me gusta que me digan, no me preguntan y los otros se paran el cuello-, eso sí, lo sostiene finalmente, “lo que le platico no es mentira, es cosa que me costó mucho trabajo; por mi consciencia, dejar algo que sea la verdad”.