CÁNDIDA BARTOLO SANTOS, tejedora de solidaridad y recuerdos

317

Además de ayudar en la siembra de maíz, picante, garbanzo; acarrear mazorca, cortar hoja, limpiar frijol y escoger buen elote, la niña de 6 años se acercaba a su abuela Modesta en aquella casa de Tecocintla, comunidad de Tixtla (donde nació, el 12 de febrero de 1951), detrás ella, o de su mamá Estefanía, para que vaya viendo cómo se iban cruzando las tiras de palma (previamente humedecida y con ello manejable), de dos en dos, con vueltas hacia atrás, e ir dando forma a los sombreros sin color, blancos -entonces sin el planchado actual, con máquina, para el molde de la cabeza-, que después vendía su papá Leobardo a intermediarios, que daban precio final más caro, en Chilapa, donde vio sombrero coloreado, compró pigmento y además de colorear, ya en familia iban plasmando figuras, sobre todo ella; casada a los 18 años, viviendo en el vecino El Troncón donde aún vive en familia, iba con su esposo el campesino Pedro Santos a los cerros a mostrarle la buena palma apta, en velilla amarilla -no en verde-, para la elaboración del sombrero, también capotes para cuando lloviera, tanates para llevar al campo, escobitas para limpiar comales, chiquihuites, sombrero grande para tlacololeros, hasta roba-novias, ese amarre en los dedos para que juguetearan las parejas recién casadas. Para una tarea de sus hijas hizo un primer sombrero con las letras “Internado número 21”, empezó a vender después a mayordomos y fandangueros tixtlecos, y en 2014, en solidaridad por los ataques a civiles y la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa en Iguala -además porque hay un sobrino, Eduardo, entre ellos-, dio sombreros con la leyenda “Nos faltan 43” primero a una madre, que le fue pidiendo más, para portarlos en marchas y mítines hasta Alemania, Argentina, España o China. Aun con el bajón en ventas en parte por la pandemia, viendo cómo otras familias se dedican a vender verduras porque “ya no deja nada” este oficio, y hasta con dolores en la zona de pulmones o la cabeza, por la posición para tejer o estar en lo caliente, entre el humo mientras se hierve el pigmento, doña Cándida –ahora apoyada por otras familiares cuando tiene encargos para eventos- no se ve dejando su oficio de toda la vida: teje cuando descansa, teje porque le gusta, y teje porque le recuerda esas idas a Chilapa con sus papás; esa enseñanza a sus pequeños cinco hijos, a los que daba un dinerito cada que vendía hasta en Chilpancingo; y a esa abuelita que le decía mi almacita (por “mi alma”) cada que le enseñaba, desde niñita, a tejer la palma.

Pablo Israel Vázquez Sosa

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

“Empecé desde 6 años a hacer sombrero. Chiquita”, responde de inicio doña Cándida, ahora habitante de la vecina comunidad tixtleca de El Troncón, donde radica en familia, quien empezó el oficio de tejido por su mamá y su abuela, “mi mamá se llamaba Estefanía Santos Vázquez, mi abuelita Modesta Vázquez Castro”.

Un oficio “antiguo, de antes; cuando empecé ellas ya hacían sombrero”, dice la entrevistada, “mi papá era campesino, Leobardo Bartolo García”, también de Tecocintla, “sembraban ellos maíz, frijol, garbanzo, en su tiempo se sembró mucho picante verde; mi papá se iba a vender a Chilapa por costales, se llevaba unos diez, cada domingo”.

– ¿Qué hace una niña crecida en ese entorno de campo?, ¿Qué hacía usted?

– Yo ayudo en el campo, me gusta trabajar el campo, ayudando a sembrar, a cortar el picante, ayudando en el garbanzo, ayudando a regar frijol, a sembrar maíz, toda la cosecha, cortar la hoja, levantar la mazorca, acarrearla, deshojarla, escoger el maíz quitando popoyote, que quede puro limpio. Desgranábamos el maíz, hacíamos las oloteras redondas, de puro olote, y raspábamos; todo el día nos pasábamos desgranando en ese tiempo.

“Yo así crecí en el trabajo siempre”, asegura la señora, acompañada en esta plática de su esposo don Pedro y su hijo, el profesor del mismo nombre, aquí en esta pequeña vivienda rural, entre la lluvia, sombreros y la demostración del oficio ahora prácticamente familiar.

Una niña en el campo y en el tejido

Esta señora crecida con cuatro hermanos no tuvo posibilidad de estudiar, “antes los padres pensaban que nada más el hombre podía estudiar, la mujer no, así se decía en ese tiempo, al menos que me dé cuenta así decía mi papá, que nada más los hombres”.

Además de que en los alrededores no había ni escuelas sino hasta la cabecera municipal de Tixtla, “antes, para ir a Tixtla, caminábamos las horas; era muy difícil para que una de mujer anduviera caminando diario, o quedarse allá una semana”.

Se le pregunta qué fue primero, si la talacha en el campo o el aprendizaje en este oficio que sigue preservando, y responde que las dos cosas al mismo tiempo, “nos íbamos al campo de las 9 en adelante, a las 5 de la tarde regresábamos, pero antes de que nos fuéramos dejábamos la palma preparada; después de llegar a la casa nos poníamos a descansar y a hacer el sombrero”.

– ¿Qué tipo de palma empezaba a trabajar?

– La que sale en el campo, especial para hacer los sombreros, porque es un poquito dura. Se da en el campo pero ahorita, de tanta gente que hizo el sombrero antes, casi se acabó la palma, quedó muy chiquita y sencilla.

Y es que “no nomás mi familia, hubo mucha gente que se dedicaba a hacer sombrero, la gente de antes vivía de puro sombrero, sombrero nada más, se atareaban, no sembraban verdura;  la palma era ancha, les decíamos los chilapeños, y se iba a vender a Chilapa, allá lo llevaba mi papá a vender; cargaba una yegua, echaba los costales de sombrero, dos paquetes por cada costal”.

Sobre el proceso, desde cero, de hechura del sombrero, doña Cándida detalla que la palma se va a traer a los alrededores, donde crece de manera natural, silvestre –una palma de la que se usa también tejida para bendecir en Semana Santa-, “va uno a cortarla, hay unas que ya están ananchadas, esas ya no sirven para sombrero; se corta la velilla que viene saliendo, velilla amarilla –por ejemplo la verde ya no se blanquea-; esa se corta, la ponemos a secar, la otra la ponemos a hervir para pintar los colores, porque cruda el color no pinta, la tinta se resbala. Solamente la palma hervida después se seca, la lavábamos con agua caliente, la volvemos a secar, pasamos a escoger la que esté buena y ya sirve para pintar los colores que uno quiere”.

– ¿Se ‘ablanda’ la palma para después tejer?

– No lo mojamos para trabajarla, la ponemos en humedad, que esté húmeda la palma y no se nos quiebre, porque estando la palma tostada, que esté reseca, se nos quiebra más el color, porque como la cocemos, la hervimos, como queda más tostada (la hoja) está seca.

Para pigmentar las creaciones siempre, desde sus papás, se ha comprado la tinta en Chilapa, ya cuando el señor empezó a intentar el coloreo de los sombreros, porque empezó vendiendo ‘en blanco’, es decir sólo en palma sin colorear, “ya después le encargábamos tinta, traía y empezábamos a hacer de colorcitos; ya pintábamos la palma y empezamos a hacer las figuritas. Ya hervida (la palma) se puede pintar, queda blanca, y podemos pintar de colores, puede ser azul, rojo, rosa, morado, café, negro, amarillo, naranjado, el color que uno quiera”.

La señora muestra bolsitas con polvos de colores, los pigmentos usados para las tonalidades que se le quieran dar a los sombreros.

Por cierto, dice que en Tixtla se vendían unos colores que nunca agarraron para el tipo de palma que tejían en la familia, así que compraban desde Chilapa porque ese pigmento sí servía para que pintaran.

“De aquí vas a vivir”

– Cuando estaba aprendiendo, ¿En qué tiempo se hacía un solo sombrero?

– Como en ese tiempo hacíamos sombrero ancho me hacía dos, todo el día; cuando no salíamos, (porque) cuando salíamos al campo me hacía uno.

– Si podría decirse quién es su maestra que le enseña este oficio, ¿Quién sería?

– Las dos-, dice sobre su mamá y su abuela, que por cierto, elaboraban sin el proceso actual de planchado, en molde para la cabeza que -dice la señora- se calienta con gas y se hace ahora en la comunidad de Zacatzonapa, “allá hay un muchacho que siempre está planchando, a eso se dedica, a planchar sombreros”.

Cuando no se usaba el planchando era prácticamente rústico, dice, “no había molde”; una técnica que siempre utilizaron las señoras Estefanía y Modesta, que sólo vieron el planchado en máquina en sombreros que veían de venta en Chilapa.

Sobre si había algún método de enseñanza, recuerda que las señoras mayores acercaban a los chamacos, pidiéndoles que se pusieran detrás de ellas, pero viendo la manera de tejer, “viendo los dedos para ver cómo van cruzando la palma; yo me ponía atrás de mi mamá y veía cómo le va pasando la palma: se agarran dos y dos, dos y dos; les llamamos vueltas, hacía atrás, ya después íbamos aprendiendo otras cosas, por ejemplo hacer el alón, unas tiritas que se van para arriba”.

– Mira mi almacita, has tus sombreros porque de aquí vas a ganar un centavo, de aquí vas a vivir-, recuerda la señora a aquella abuela que así le decía, almacita, por “mi alma”.

Y literal: se ganaba los centavos porque Cándida Bartolo admite que, desde entonces, el tejido de los sombreros siempre ha dejado pocos ingresos, “no era negocio porque estaba muy barato el sombrero; la docena que iban a vender a Chilapa, a tres pesos, el blanco que vendíamos antes; se lo vendía al que compraba sombrero para revenderlo”.

– Y el vendedor final….

– Pues ya le ganaba más-, responde de inmediato doña Cándida evidenciando la práctica de siempre, del intermediario que incrementa precio final al público y paga unos cuantos pesos al artesano creador, al que sabe, en este caso del tejido de sombreros, “ellos le ganan más que uno, como en todo”.

Aunque no puede asegurarlo, la señora y su hijo la tantean sobre el precio final del vendedor en Chilapa: unos 8 pesos, cada sombrero.

Así que buscándole, del sombrero llamado blanco su familia pasó “a hacer otras formas, ir tejiendo con figuras, con nombres. Ya con nombre ahorita lo vendemos un poquito mejor, ya son sombreros con figuras”.

– ¿A quién se le ocurrió hacer las figuras?

– A nosotros mismos haciendo sombrero, cuando mi papá nos traía la cinta empezaba a pintar mi mamá el color a la palma; empezábamos una florecita, con otra figurita, y así, siguiéndole. Ya tenía 14, 15 años.

Cuando se le pregunta por qué salió de su pueblo dice que se casó, ya a los 18 años, con Pedro Santos Galván, él de El Troncón.

“Antes no era como ahora, las chamacas las ves abrazándose con el novio; me iba a ver pero de lejitos, si una muchacha podía platicar con un novio de cerquita, ¡no!, para qué, imagínese, un escándalo, decían muchas cosas feas. Ahora es diferente, ahora hay más libertad para todos, las muchachas, los muchachos”.

– A mí me gusta hacer sombrero, ¿Me vas a cortar palma?-, le decía la adolescente recién casada a su esposo, ya viviendo aquí, en esta comunidad, “empezaba él a traerme palma”. Por cierto él sin experiencia en este oficio, porque lo suyo era irse a sembrar al campo; después se iba a los cerros del Toronjil o Hueyantipan, durante horas de camino, por esas hojas de palma que todavía se siguen dando, “yo lo acompañaba a traer, le enseñé cómo se cortaba, como no sabía nada de esto”.

– ¿Cuánto tiempo lleva de casada con don Pedro?

– Ya no sé, yo tengo 71 años, él igual-, dice la señora, madre de dos mujeres y tres hombres, “no crecieron aquí porque nos fuimos a Tixtla a trabajar, nos los llevamos para que estudiaran”.

La tarea escolar y los sombreros con letras

Los sombreros que ella hacía, ya –por así decirlo- independizada de sus maestras que fueron su mamá y abuela, los vendía en Tixtla y hasta muchas veces llegó a Chilpancingo, “en el mercado del Centro, que estaba antes, que después nos pasamos en el otro mercado. Ambulante, no teníamos lugar para vender”.

– ¿Iban otros tixtlecos a vender a Chilpancingo?

– En Tixtla no hacen sombrero, nada más los de El Troncón; había otra señora más que también iba, una viejecita; éramos dos personas que íbamos a vender allá. Dábamos a 8, 10 pesos cada uno, después ya fue subiendo a 15, a 20.

– Allá, o donde venda, ¿Siempre le han regateado el precio?

– Lo que pasa es que siempre, la gente que compra, piensa que a uno no le da trabajo.

Llegó un momento en que como las señoras de la comunidad veían que se regateaba, o ganaba poco, cambiaban de giro vendiendo verduras en mercados, o hasta se iban a la cosecha anual a los campos de jitomate en otros estados del país, como Sinaloa, “a mucha gente no le convino hacer esto porque era muy barato, trabajaba uno mucho y ganaba muy poco”.

– ¿Usted, alguna vez, intento dejarlo?

– No, no lo he dejado, a pesar de todo; ahorita, con la pandemia, la verdad, ha bajado mucho la venta. Antes, en las bodas, las fiestas patronales de Tixtla, de la Natividad, de Santiaguito; nos pedían mucho sombrero con nombre, para los que bailan la tarima o para los regalos de los mayordomos.

Sobre cómo se animó a pintar nombres en la palma tejida, dice que un día se le acercaron dos hijas entonces pequeñas, alumnas del internado local Adolfo Cienfuegos y Camus, “iba a haber un concurso de artesanía, ellas dijeron que eran de El Troncón -nosotros, aunque estemos en Tixtla, estemos donde estemos, nunca negamos nuestro lugar de origen-, entonces los directores, la subdirectora Margarita Martínez, les dijeron que iban a concursar con un sombrero, pero que ellas lo hicieran allá (en el plantel)”.

Así que las dos pequeñas, ya sabiendo del oficio, tejieron en el propio internado; fue la subdirectora quien les preguntó si no se podía poner nombre al sombrero, así que las niñas llegaron con su mamá a pedirle el apoyo porque la petición fue que se leyera “Internado número 21”.

– Nunca había visto un sombrero así-, dice la señora, “pero con tal de que mis niñas estuvieran bien, les iban a subir una calificación, ya intenté hacer el sombrero, y sí lo pude hacer; hacía un número, una letra, desbarataba, no me salía, volvía a desbaratar, y así, hasta que lo logré”.

Letras y números que se hacen al revés, en la parte trasera del sombrero, “de cabeza”, como dice doña Cándida, “al voltear el sombrero, que queden bien”.

Sus entonces dos pequeñas hijas se pusieron contentas y ganaron aquel concurso “con mis sombreritos. Empecé a hacer, que dijeran Juan, Carlos”.

Hasta la gente del tradicional fandango empezó a llegar a encargarle sombreros donde se leyeran sus nombres y grupos como Laguneros, Chintetes, “fueron muchos sombreros que hice, entregaba muchos por mayoreo, los venían a traer acá”.

Ahorita la señora se apoya en una hermana Alejandrina, una nuera Yolanda y una hija Estela para seguir elaborando el sombrero, sobre todo cuando le piden en gran número.

Antes los cinco hijos de doña Cándida le ayudaban, cuando los encargos eran más recurrentes; hasta llegaron a acompañarla a vender a Chilpancingo, ayudándole a vender e incluso ganándose ‘una comisión’ por su colaboración en la hechura, como lo recuerda el joven maestro Pedro, “contribuíamos para el gasto familiar”.

– Nunca dejé que niños chiquitos anduvieran por allá; a darle su sombrerito, que cada quien haga lo suyo, ‘cuando vaya a vender, si vendo, les voy a repartir el dinero’, y así pasaba-, también evoca la entrevistada, quien por cierto, también recuerda a una señora que le llegó a comprar por mayoreo en Chilpancingo, en esta ciudad donde –recuerda su hijo Pedro- llegó a ser ‘bloqueada’ por otros comerciantes que le impedían tender su mercancía en vía pública, que porque “era suyo”, aunque también llegó a conocer gente buena y solidaria que hasta le ayudó a vender.

Sombreros con el número 43 hasta China

A fines del 2014, ya cuando la señora había pasado a elaborar los sombreros no sólo con nombres, sino evocando además fechas conmemorativas, como el 16 de septiembre o el 20 de noviembre, igualmente de iniciativa propia empezó a pintar el número 43 en sus creaciones, en referencia a lo ocurrido semanas antes de aquel año, con los ataques armados a civiles y estudiantes, y la desaparición de los entonces 43 jóvenes de la normal rural de Ayotzinapa, en el municipio de Iguala, el 26 y 27 de septiembre.

– Después vino una mamá, Cristina-, detalla doña Cándida de una madre de un joven desaparecido, quien le comentaría que vio uno de los sombreros con la leyenda “Nos faltan 43” en Chilapa, por eso había llegado a El Troncón, para buscarla y solicitarle más sombreros, porque iban a empezar a salir del estado exigiendo justicia y la entrega con vida de los normalistas.

Sombreros, lo aclara, que no se hicieron para vender, sino sólo para portarlos en las movilizaciones que después se realizarían, primero en el estado, después en la Ciudad de México, hasta en zonas del país y hasta llegar al extranjero.

Cándida Bartolo dice que ha sabido que sus sombreros han llegado hasta China, además de España, Alemania y Argentina, portados por padres, normalistas y activistas que han hecho activismo exponiendo el caso Iguala e insistiendo en que se ubique a los responsables y a los jóvenes estudiantes.

Y es que aquí, en casa, se cuenta a un familiar como uno de esos muchachos atacados y desaparecidos hace siete años; un sobrino de esta señora, de nombre Eduardo Bartolo Tlatempa, de entonces 17 años, así como un vecino de cuando estuvieron viviendo en la cabecera municipal tixtleca, “tenemos familias, vecinos y conocidos, que nos llevábamos con sus papás”.

Aquella señora Cristina dejó de ir a El Troncón “pero de vez en cuando vamos haciendo” porque todavía hay quienes piden ese tipo de sombrero.

Crear, confiar, preservar, recordar

– Si dice que no le deja mucho este negocio, ¿Por qué seguirle en esto, doña Cándida?

– Porque me gusta pues, recuerdo a mi mamá, a mi papá, siempre trabajando en esto. Mi papá nos arrimaba la palma, nos llevaba a Chilapa, y nos gustaba cuando iba a Chilapa a vender, traía cositas, fruta, chalupitas; de eso ganaba nada más, era campesino.

Un oficio este “para irla sobrellevando, con lo poquito que uno gane”, reconoce esta señora, quien da gracias a Dios porque aún viene gente a su casa a encargarle la hechura de sombreros, aunque también llega a irse al mercado de la cabecera municipal a vender.

Pero no sólo sombreros, también elabora aquellos capotes –hoy poco utilizados- que utilizaban los señores para protegerse de la lluvia cuando se iban a trabajar, “mi papá, cuando salíamos a trabajar al campo, nos hacía nuestro capote, andábamos con nuestros capotitos”.

Por eso todavía teje esos capotes para adultos y para niños, “ahorita, la verdad, se está perdiendo todo eso, los niños de hoy ya no lo conocen. La duda es que no sabemos si la gente todavía quiera comprar capotes”.

Además se trata de una hechura mucho más laboriosa que con el sombrero; se tiene que estar de rodillas haciendo amarritos de manera constante, “me cansa más”, de hecho reconoce que hay dolencia en el área de los pulmones por la posición para ir tejiendo, “se cansa uno mucho, más cuando pintamos la palma, la tinta esa es muy caliente, no podemos agarrar agua fría, nada; pinto un color nada más para que no me duela la cabeza, o los ojos; al otro día, otro color”.

Sombreros, capotes, además doña Cándida sabe elaborar tanates para el campo, sombreros para tlacololeros, escobitas para limpiar comales, pequeños chiquihuites y hasta roba-novias, esas dos figuritas enlazadas con un hilo, que por lo regular recién casados se anillan en algún dedo, que entre más se aleja, más se aprieta.

Aunque en menor número actualmente, llegan a encargarle mayordomos para fiestas patronales o personas promotoras del fandango y los bailes de tarima, o para antes de las fiestas decembrinas, incluso para jaripeos, “hace poco se vendía mucho, pero ahorita la verdad no”, en parte –insiste- por los efectos de la pandemia del coronavirus, aunque llegan a venir a su casa las personas que ya saben lo que hace.

– ¿Cree que llegue a desaparecer esto que está preservando, este oficio suyo?

– Pues espero que no desaparezca.

– ¿Qué siente cuando no vende ni un sombrero?

– Confío que a lo mejor alguien va a venir a comprar; aunque sea poquito, llega. Por ejemplo el otro día fui a planchar sombreros y vino una señora, ‘me encargaron unos sombreros, pero no puedo hacer porque voy al campo, ¿tienes?’, se llevó seis sombreros, ya es algo-, además de que ha enseñado a otras personas, fuera de su familia, o incluso ha hecho nombres frente a otras vendedoras, para que se fijen cómo se le va haciendo.

– ¿Se hace esto en otras casas de El Troncón?

– Sí hacen pero poco, se dedican más a la verdura, ejotes, calabaza; se vende más y ganan más. Lo hacen pero dicen que ya no deja nada.

– Ha dejado hasta parte de la salud, ¿Por qué seguirle?

– Porque me gusta pues, me sigue gustando. Me da gusto porque cuando empecé de chiquita nunca pensé en hacer un sombrero con nombre. Para mí es importante porque es una tradición antigua que llevamos, de nuestros antepasados. No se gana mucho pero esperemos que no se pierdan nuestras costumbres y tradiciones antiguas de artesanía.

– ¿Qué pasaría, doña Cándida, si un día decide dejar este su oficio?

– Siento que nunca va a pasar eso-, dice sonriendo esta seria señora, “en la tarde, en la noche, ya que acabé de todo, la cena, para descansar prendo la tele pero estoy tejiendo mi sombrero, así me la paso”.

Los precios que maneja doña Cándida por cada sombrero van de los 60 y 70 pesos, los más sencillos, hasta los 100 y 130, los de doble endosado, multicolor y con nombre.

– ¿Qué le llegó a decir su mamá o abuela cuando veía un sombrero hecho y acabado completamente por usted?

– Luego me decía “te quedó bonito el sombrero, si pudieras hacerle otra figurita, que se viera más bonita”, porque yo sí podía.